martes, 6 de abril de 2010

Los derechos humanos y el relativismo cultural



I- Enfoque crítico de las características atribuidas a los derechos humanos, en el marco del relativismo cultural.

El carácter de universalidad atribuido a los derechos humanos, no siempre fue entendido en forma correcta ni mucho menos abordado desde una sincera neutralidad intelectual, dado que la misma no existe en ningún ser humano. Por otra parte, aunque supongamos que exista consenso general en cuanto al carácter universal de los derechos humanos, no todos están de acuerdo sobre cuáles y cuántos son estos derechos que le asisten a todos los hombres. Más aún, la implementación de ciertos derechos más o menos acordados por todos va a ser totalmente distinta según sea la cultura y el régimen político de cada País. Con lo cual, que algo sea universal no significa que todos entiendan lo universal de la misma manera, ni mucho menos que haya simetría en la práctica de ciertos derechos en las distintas cosmovisiones existentes en la actualidad y desde todos los tiempos. En este sentido, la historia que nos relata Antonio. E. Perez luño, es más que pertinente: “Cuéntase-nos dice Jacques Maritain-que en una de las reuniones de una Comisión nacional de la UNESCO, en que se discutía acerca de los derechos del hombre, alguien se admiraba que se mostraran de acuerdo sobre la formulación de una lista de derechos, tales y tales paladines de ideologías frenéticamente contrarias. En efecto, dijeron ellos, estamos de acuerdo tocante a estos derechos, pero con la condición de que no se nos pregunte el porqué”. (1).

De manera que cuando hablamos de universalidad estamos hablando de muchas cosas y al mismo tiempo de ninguna. Que todas las personas se rijan por los mismos criterios de acceso a la realidad y al conocimiento no es más que una ficción logico-occidental. El acceso interpretativo de la realidad tiene múltiples aristas y todas ellas totalmente irreductibles. Algunos acceden a la realidad por medio de revelaciones místicas y configuran su mundo a través de preceptos que suponen dados por los dioses; otros prefieren creer en la Razón como motor explicativo de las cosas; sin embargo, tanto unos como otros, crean ficciones interpretativas para amoldar sus vidas y su propia historia. Con esto quiero significar que aquello que cada uno entienda por universal con relación a los derechos humanos, está encuadrado en una cosmovisión predeterminada que constituye todo un tejido social inamovible o al menos pasible de cambios históricos graduales. Intentar validar ciertos derechos en culturas con cosmovisiones diferentes, de la misma forma en que se validan en las propias culturas bajo el concepto de universalidad, no sólo es una intromisión insalvable sino, más aún, un gesto de soberbia y una manifestación de superioridad inadmisible.

Asimismo, el relativismo cultural que encierra distintas concepciones del mundo y, en consecuencia, distintas interpretaciones respecto de cuáles son los derechos humanos y cómo deben ser aplicados, de ningún modo debe entenderse como un bloque absolutamente homogéneo, sino totalmente heterogéneo, dado que subyacen al interior de cada cultura diversas subculturas y al interior de cada paradigma cosmofilosófico dominante otras tantas alternativas diferentes. Con lo cual, la idea de universalidad de los derechos humanos se diluye aún más. Es decir, siendo tantas las alternativas socioculturales, el carácter de universalidad se pierde, se torna inatrapable.

Esta vocación de universalidad de los derechos humanos, más allá de que no todos entiendan lo mismo cuando hablan de ellos, no sólo por los múltiples horizontes interpretativos, sino también porque, como dice Antonio Enrique Perez Luño: “La expresión derechos humanos ha sido empleada también con muy diversas significaciones (equivocidad), y con indeterminación e imprecisión notables (vaguedad)”(2), desde la teoría política, ética y aún desde el ámbito jurídico; por ello, tiene como antecedentes históricos distintas cartas y declaraciones que, si no pueden ser eficaces en la práctica, aunque tengan la nota de la validez jurídica, es decir, aunque el órgano y el procedimiento de la implementación de las normas haya sido el adecuado, no sirven absolutamente para nada.

De qué sirve declarar y establecer jurídicamente ciertos derechos si en la realidad el cumplimiento se torna incierto. De qué sirve establecer jurídicamente que todos tienen derecho a la salud, a la vivienda, a la educación, a la alimentación, si todas estas cosas son el privilegio de algunos pocos, si su cumplimiento, lejos de ser universal está sesgado ideológicamente por aquéllos mismos que lo normatizan; en definitiva, si lo prescriptivo está absolutamente separado de los descriptivo, lo que debe ser de lo que es. En tal sentido, dice A E. Perez Luño, citando a Bentham: “Un claro ejemplo de esta forma imprecisa y equívoca de utilizar la expresión derechos humanos en las declaraciones y en el lenguaje vulgar es, a juicio de Bentham, la confusión entre la realidad y el deseo. Las buenas razones para desear que existan los derechos del hombre no son derechos, las necesidades no son los remedios, el hambre no es el pan” (3).

Por otro lado, ¿entienden en todo el mundo las mismas cosas a pesar de que las normas sean las mismas o similares?, ¿existen en todo el mundo las mismas normas jurídicas en relación a los derechos humanos?. Pareciera que no. Si aquello que debe ser universal no es más que la pretensión de una ideología particular, acotada a una particular cosmovisión del mundo, lo universal se torna doblemente ilusorio: Primero, porque no todos tienen la misma ideología; segundo, porque cualquiera sea la ideología y cualquiera sean las normas de derecho, si no tienen un cumplimiento efectivo, son meras declaraciones metafísicas, aunque jurídicamente tengan validez desde las distintas perspectivas ideológicas.

. Sin embargo, pareciera haber ciertos principios que deberían atravesar a todos los hombres por igual y si no lo hace no es debido a la interpretación subjetiva de la superioridad de un paradigma cultural respecto de otro, sino más bien al descaro y autoritarismo de ciertos manipuladores que manejan el poder arbitrariamente. Por ejemplo, la oblación del clítoris a las mujeres del mundo islámico, si bien es una práctica social, no por ello algo digno de ser aceptado sin reparos. Igualmente, sigue siendo muy difícil poder despegar una práctica cultural de los fundamentos que la constituyen y validan como tal, a pesar de que ciertas prácticas no huelen del todo bien.

Para poder despegar una práctica cultural de sus fundamentos históricos y metafísicos se necesitaría de una mirada verdaderamente objetiva, capaz de trascender los límites impuestos por cada cultura y cada cosmovisión del mundo de una manera absolutamente equitativa. Se necesitaría de un ente ideal e impersonal con la suficiente capacidad como para establecer principios inamovibles y definitivos para todos y para todas las épocas. En fin, se necesitaría de algo así como un Dios. Pero no sólo eso, este Dios debería darse a conocer de una manera tan inteligible y tangible que no admita ninguna duda. Esto no es más que una utopía: la existencia de tantas y tan diversas confesiones lo prueban.

La imposibilidad de apelar a fundamentos últimos, ya sea de Razón, o de fe, está determinado por el carácter históricamente relativo de los derechos humanos. Sería tratar de explicar lo inmanente por medio de lo trascendente, y esto conduce inevitablemente a la falacia de petición de principio. Así lo expresa Bobbio: “No se comprende cómo se puede dar un fundamento absoluto de los derechos históricamente relativos” (4).

De modo que la salida trascendente para poder explicar lo inmanente parece inviable. El único camino pareciera ser tratar de entender lo inmanente desde lo inmanente, aunque el relativismo gnoseológico, epistemológico, religioso y axiológico sea una barrera imposible de franquear. De más está decir que las relaciones interhumanas son un entramado muy complejo que se torna casi indescifrable. Sin embargo, no nos queda otra que hacer el intento.

Sin lugar a dudas, toda pretensión de establecer ciertos principios comunes con relación a los derechos humanos bajo el presupuesto de la universalidad de éstos, es por sí mismo una mirada que se da desde el marco de una determinada ideología histórica y con unos determinados intereses afines. Es desde un lugar de poder donde se establece el carácter de universalidad de ciertos derechos con exclusión de otros. Los derechos humanos no surgen por sí mismos, no existen independientemente de sus fundamentos ni de los intelectuales que lo fundamentaron, por cierto, desde una forma de ver el mundo peculiar.

Y aquí es donde entra a jugar el carácter supuestamente innato de ciertos derechos humanos. ¿Qué quiere decir que los derechos humanos son innatos?. Con esto se alude a que ciertos derechos nacen con y en todos los hombres, que son connaturales. Ahora bien, aquí reside uno de los mayores problemas, porque si nacen con nosotros es porque forman parte de nuestra constitución antropológica y si son parte de nuestra antropología deben haber sido puestos por un ente exterior a nosotros mismos porque, sin duda, no pueden haber sido puestos por nosotros mismos, porque si así fuera seríamos autocreadores, y no el resultado de un proceso evolutivo o bien la consecuencia de un acto libre creador de Dios. Ya sea que los derechos humanos sean la impronta de la divinidad en nosotros o más bien, la impronta de la Naturaleza, sin embargo, en ambos casos, son el resultado de la inserción de un agente metafísico exterior a nosotros mismos, que es puesto como fundamento gnoseológico del carácter innato de los derechos humanos. Claro está también, que según sea el horizonte intelectual en el que cada cultura se mueva, va a ser el ente metafísico explicativo del carácter innato de los derechos humanos.

Que los derechos humanos sean innatos no es más que una de esas tantas ficciones lógicas o como bien dice Niesztche, un error útil que sirve como idea regulativa para la acción, es decir, que regula nuestras conductas y nuestras prácticas. Sin embargo, si no se comprende el carácter de innatismo de los derechos humanos en el marco de esta perspectiva reguladora de las conductas, se puede caer en el gravísimo error de suponer que esta ficción tiene algo de realismo y es allí donde comienzan las complicaciones.

Por otro lado, si los derechos humanos fueran innatos deberían ser descubiertos por todos los seres humanos de la misma manera y deberían acordar todos respecto de la calidad y cantidad de esos derechos. Es decir, si lo innato se contrapone a lo adquirido, si lo que uno trae consigo es distinto de lo que adquiere en el plano intersubjetivo, esto es, si lo intra es distinto que lo inter, tarde o temprano todos deberían estar de acuerdo con la aplicación de los mismos derechos en todas las cosmovisiones del mundo, porque lo que subyace es el presupuesto de la unidad de la naturaleza humana, presupuesto que parece ser bastante acertado. Sin embargo, esto no sucede. Y no sucede, no porque se crea que la constitución anatómico-fisíco psicológica sea distinta según sea el ámbito sociocultural, pues esto sería un absurdo, sino por que la interpretación aún de ciertos derechos más o menos acordados está sujeta a intereses extragnoseológicos, a intereses de poder y de autoritarismo en muchos casos. Es decir, aún suponiendo que todos aceptemos que existen ciertos derechos que son innatos y que pueden ser descubiertos por todos los marcos culturales y subculturales distintos, sin embargo, el marco aplicativo de esos derechos va a ser totalmente distinto por razones de poder. Esto es, no es conveniente que ciertos derechos sean aplicados y normatizados si se desea extender la hegemonía.

Otra de las cosas que se le atribuyen a los derechos humanos es su carácter de inalienabilidad. Con esto se quiere significar que todos los seres humanos están condenados a tener estos derechos, es decir, ninguno puede siquiera rechazar alguno de ellos, con lo cual la libertad individual se torna en esclavitud. ¿Quién quiere ciertos derechos que, por más buenos que sean tengan un carácter forzosamente obligatorio?. Los derechos humanos son subjetivos porque admiten la posibilidad de que el individuo quiera valerse de ellos o rehusar por ciertos motivos a los mismos.

Los derechos humanos son subjetivos y facultativos, es decir, son individuales y moralmente indiferentes, por lo cual, pensar en derechos facultativos de ejercicio obligatorio es una absurda contradicción, dado que si son facultativos no pueden ser estrictamente obligatorios; no se puede tener la imposibilidad de desprenderse de ellos. La libertad de elección se impone primariamente. El derecho a elegir tener ciertos derechos está primero que los derechos que surjan de la imposibilidad de elección. Justamente que algo sea moralmente indiferente supone la posibilidad de llevar a cabo una acción o de no realizarla.

Además se afirma que los derechos humanos son indivisibles. Ahora bien, si son indivisibles no hubiese sido necesario que se firmen dos pactos. El pacto Internacional de los derechos económicos, sociales y culturales, de extracción decididamente socialista y el Pacto Internacional de los derechos civiles y políticos de extracción decididamente liberal. A decir verdad, se firmaron dos pactos porque el mundo se debatía entre intereses burgueses e intereses sociales y económicos contraburgueses. Es decir, los derechos humanos son indivisibles pero nacieron divididos, dado el fuerte tinte ideológico de los mismos.

Por otro lado, los derechos civiles y políticos y los derechos sociales, culturales y económicos deben mantener entre sí, como ideal prescriptivo, una interdependencia en la práctica, es decir, por ejemplo, el derecho a la propiedad privada y el derecho a la salud, se necesitan recíprocamente y deben ser tenidos como parte del diario vivir y no meramente como una ficción que sobrevive en el plano idílico-prescriptivo. De lo contrario, no tendría sentido hablar de derechos vigentes y posibles sólo en el plano del deber ser, y no en el plano del ser. Y lo que existe en el plano del deber ser está descolgado de la realidad; no existe verdaderamente.

Además se considera que los derechos humanos son derechos individuales, son derechos que tienen cada una de las personas. También existen algunos derechos colectivos, como el derecho de la familia, el derecho a la libre determinación de los pueblos; sin embargo, como dice Dworkin, el hecho de que sean individuales pone un freno a los cálculos utilitaristas de ventajas y beneficios colectivos, donde de alguna manera, se diluye el derecho del ser individual en una totalidad indiferenciada.

Se afirma también que los derechos humanos tienden al bien común, que los beneficiarios de los mismos son todos y cada uno de los individuos. Y esta es otra de las ideas regulativas, dado que se piensa desde el lugar del deber ser, desde el plano prescriptivo y no desde el plano descriptivo. Más que una descripción del mundo real, es un deseo de cumplimiento ideal, y este mismo hecho marca a las claras la inexistencia de su cumplimiento, es decir, si idealizamos un modelo regulativo, es justamente porque en una realidad tan heterogénea dicho modelo no puede ser desarrollado, cumplido, vivido.

II- Origen, continuidad o discontinuidad de los derechos humanos.

Ahora bien, el problema de los derechos humanos nos remite a la discusión en torno a su origen histórico, así como a su continuidad o discontinuidad temporal. ¿Desde cuando podemos hablar de los derechos humanos?. ¿Desde su reconocimiento a través de las declaraciones públicas, por medio de acuerdos de carácter universal o antes de dicho reconocimiento?. ¿Han tenido continuidad a lo largo de la historia o han existido en forma aleatoria?. ¿Han existido independientemente de ser reconocidos?. Y si es así, ¿en qué cosmovisión, occidental u oriental?. Estas son algunas de las preguntas a tener en cuenta a la hora de hablar de los derechos humanos.

La primera dificultad se relaciona en torno al origen de los derechos humanos. Aquí podemos hacer algunas distinciones. Podemos hablar de un origen divino y, por lo tanto, pautado desde la eternidad, preexistente al hombre y en consecuencia, existente en él a partir de su nacimiento como algo que ya fue otorgado y que debe ser reconocido por todos. También podemos hablar de un origen humano de los derechos, que tiene un momento histórico particular en donde su reconocimiento se hace más evidente, que es a partir del cambio de cosmovisión que supuso el Renacimiento. En el caso del origen divino, el reconocimiento es de algo que ya fue dado por un ente trascendente; en el caso del origen humano, el reconocimiento es el resultado de una construcción ideológica determinada y que tiene al hombre y no a Dios como su fundamento.

Y aquí está toda la discusión con relación a si los derechos humanos existen a partir de que son reconocidos como tales, o más bien, dicho reconocimiento no hace más que darle entidad a aquello que ya la tenía por y en sí mismo y que un grupo de poder se encargó de ocultar para provecho propio, para dominar y manipular a los demás.

Por otro lado, la continuidad o discontinuidad de los derechos humanos debe ser vista en relación con su origen. Si su origen es divino, entonces los derechos humanos han existido siempre, aunque no hayan sido reconocidos por el hombre en los distintos períodos históricos. La falta está del lado del hombre y no del lado de Dios que los ha instituido. Es decir hay toda una argumentación desde el lado del Derecho natural que se esgrime como fundamento.

En cambio, si su origen es humano, la continuidad de los derechos humanos ha sido totalmente aleatoria, tanto desde el lugar de reconocimiento universal como desde el lugar de la práctica efectiva. Ha habido momentos y ha habido lugares en donde los derechos humanos han tenido mayor protagonismo.

III- Diferencias de cosmovisiones: Edad Media y Renacimiento.

Sería importante analizar los cambios de cosmovisión que han surgido, al menos en Occidente, desde que Tales predijo el eclipse en el 585 a.C., a fin de poder darle un marco histórico y filosófico a la Declaración de los derechos humanos surgida a partir de la revolución francesa y a la declaración de los Derechos de origen Liberal y de origen socialista surgida a mediados del siglo XX.

Tras la emancipación del hombre de la tutela religiosa a partir del siglo XV, con el auge del Renacimiento y el descubrimiento del novum organom baconiano, con la capacidad de ampliar la gnosis de las cosas del Cosmos por medio de la observación y de la inducción y ya no de la deductiva y demostrativa silogística aristotélica, se produce un giro desde lo teocéntrico hacia lo antropocéntrico, de lo divino a lo humano, de una instancia trascendente como modelo explicativo de todas las cosas, a una instancia absolutamente inmanente, donde la Razón humana es hipostasiada al status ontológico que tenía la idea de Dios en el mundo medieval.

Con el Renacimiento el mundo ha cambiado de eje. La vuelta a la filosofía griega va generando un nuevo tipo de hombre, sin compromisos eclesiásticos y sin temor al castigo eterno. En Lugar de ser Dios el prisma por donde se mira y explica toda la realidad y de ser la Iglesia la portadora de la verdad revelada, es la Razón humana la que debe emprender la difícil tarea de construir gnoseologías, metafísicas y axiologías alternativas.

Mientras que en la Edad Media la ontología determinaba la gnoseología; en el Renacimiento, la gnoseología determina la ontología, es decir, el conocimiento determina el ser de las cosas y no la explicación del ser atada a la revelación como fuente de conocimiento absoluta e inmutable. Contra este mundo de explicaciones revelacionales chocó el heliocentrismo Galileano, contra un mundo inmóvil de lugares comunes y de jerarquías ontológicas respaldadas natural o divinamente.

Mientras que en la Edad Media la relación de autoridad era absolutamente verticalista o piramidal, dado que el soberano tenía el poder absoluto sobre sus súbditos y estaba absuelto del cumplimiento de la ley, ya que las normas eran para que las cumplan los súbditos; el Renacimiento con su impronta naturalista y poco después la Modernidad con su impronta racionalista, al considerar a los seres humanos como libres e iguales, torna la relación de poder verticalista en una relación de poder horizontal.
Si bien la emancipación más radical de la tutela religiosa se produce entrado el siglo XV, a partir del siglo XIII tiene lugar un tiempo de culminación de un orden económico, social, político y espiritual, que pone en profunda crisis todo el equilibrio del mundo medieval. Tal equilibrio va a ser resquebrajado por una serie de transformaciones que se van a ir sucediendo y que tiene a la Burguesía como su principal protagonista. Así lo expresa José Luis Romero: “No es difícil advertir la trascendencia que debía tener en el seno de la sociedad feudal la aparición de una nueva clase social dedicada a la producción manufacturera y al comercio, concentrada en ciudades y elaborando en el trajín cotidiano una concepción de la vida que difería fundamentalmente de la que representaba la antigua nobleza. Esa clase surgió como un desprendimiento del orden feudal, coexistió con él durante mucho tiempo y pareció desarrollar una actividad compatible con sus reglas de vida; pero en el fondo socavaba su base y en cierto momento precipitó la declinación de toda su estructura.” (5).

Ya no tenía sentido todo el equilibrio medieval pegado a la revelación. La simetría entre el mundo, el pensamiento y el lenguaje iba a sufrir una ruptura definitiva. Se van a despegar las leyes de la naturaleza de la voluntad divina. Ya no es Dios el creador y el que va a cuidar su creación, sino que la Naturaleza al decir de Galileo es como un libro escrito en caracteres matemáticos ( mecanicismo).Por otro lado, el pensamiento va a dejar de ser meramente demostrativo y va a poder producir un excedente a través de la inducción. Más que demostrar verdades analíticas, se va a poder dominar a la Naturaleza para que sea, en términos de Adam Smith, menos natural y más humana.

La explicación aristotélica imperante en la Edad Media y que sostenía el orden feudal, basada en categorías y clases naturales, que justificaba la esclavitud, que estratificaba a la sociedad, que producía inmovilidad social y que determinaba quienes debían mandar y quienes debían obedecer ya no tenía sentido. Pensar a la sociedad como un organismo en el cual algunos eran la cabeza, y entonces regían el destino de la sociedad, otros eran el corazón, y entonces decidían lo que estaba bien y lo que estaba mal, otros eran las manos, y entonces defendían las ciudades y eran sus soldados, otros eran sus intestinos, porque tenían que ver con la materia y parecía que el dinero y la materia estaban vinculados ( ya desde Platón), éstos eran los economistas, y otros eran los pies porque tenían contacto con la tierra y entonces eran campesinos. Como este orden era natural, no había ningún tipo de responsabilidad en el sometimiento. Se suponía que cada uno hacía lo que debía hacer por naturaleza.

Este ordenamiento natural generaba una escala de valores inamovible. Existía la idea de que en este cuerpo de la sociedad, la cabeza vale más que el corazón, el corazón más que los intestinos y los intestinos más que los pies. De manera que las relaciones de poder estaban naturalizadas y aceptadas, ya que todos nacían con una disposición para ocupar uno de estos lugares. Aristóteles decía que había tres jerarquías naturales: el amo era superior al esclavo, el adulto al niño y el varón a la mujer. Esta idea nacida del corazón de la sociedad antigua griega era el fundamento del orden medieval.

IV- Ideólogos del Estado Moderno: Del orden natural al orden político.


Los Ideólogos que contribuyeron para este cambio fueron los filósofos protestantes, tanto de tendencias racionalistas como de tendencias empiristas. Entre ellos podemos mencionar a Grotius, Locke, Rousseau, Hobbes y Montesquieu, por mencionar los más destacados. Cada uno con sus diversas concepciones antropológicas y filosóficas aportaron las ideas fundamentales para la formación de una sociedad civil y la construcción de la idea de ciudadanía. Se los conoció con el nombre de iusnaturalistas y de contractualistas, porque afirmaban que por medio del uso d Razón se podía establecer los lineamientos generales de una sociedad justa. Para que esta sociedad fuera posible, se tornaba imprescindible el establecimiento de un pacto en el que se delegaban la suma de las voluntades individuales en un ente impersonal que era el Estado.

De esta manera crearon una ficción imaginaria, una hipótesis racional de justificación, con la finalidad de exterminar a las monarquías absolutas y posibilitar que el poder resida en el pueblo. Así, pensaron en un estado presocial o estado de naturaleza, en el que todos vivían, pero que todos debían abandonar para constituir una sociedad civil. El traspaso del estado de naturaleza la sociedad civil, se produce gracias a la nueva cosmovisión imperante. Una cosmovisión absolutamente desacralizada y secularizada.

De modo que, la ciencia moderna y su desgarramiento de la teología también suponen una enorme modificación política, porque surge una preocupación acerca de cuáles son las formas legítimas de organización social. Y la respuesta va a ser que nos organizamos socialmente del modo en que nos organizamos, porque escapamos al estado de naturaleza, que es un estado inestable y que no puede sostenerse, y de esa manera, tomamos cierto tipo de decisiones acerca de cuáles son los sujetos que nos van a gobernar.

Se genera, entonces, una sociedad a través del pacto y también se genera poder a través del pacto porque se selecciona a alguien del colectivo de todos los ciudadanos y se le cede poder para que controle el cumplimiento del pacto. Esto quiere decir que el que tiene poder no lo tiene por naturaleza, sino que es alguien a quien la voluntad libre de los otros sujetos le cedió poder a cambio de protección. Con esto la decisión acerca de quien debe legítimamente ejercer el poder ya no queda naturalizada, sino que va a quedar en manos de la sociedad. Nace la idea de Estado Moderno, la idea de ciudadanía, la idea de que no hay esclavitud natural.

En cuanto al acto de constituir un Estado a partir de la delegación de las voluntades individuales, citar el Leviatán de Hobbes se torna más que pertinente. Así se expresa Hobbes: “Dícese que un Estado ha sido instituido cuando una multitud de hombres convienen y pactan, cada uno con cada uno, que a un cierto hombre o asamblea de hombres se le otorgará, por mayoría, el derecho de representar a la persona de todos ( es decir, de ser su representante). Cada uno de ellos, tanto los que han votado en pro como los que han votado en contra, debe autorizar todas las acciones y juicios de ese hombre o asamblea de hombres, lo mismo que si fueran suyos propios, al objeto de vivir apaciblemente entre sí y ser protegidos contra otros hombres”(6).

Sin lugar a dudas, Thomas Hobbes piensa en la institución de un Estado influenciado por su concepción antropológica, que hace del hombre un lobo para el hombre. Así lo expresa Hobbes: “Así hallamos en la naturaleza del hombre tres causas principales de discordia. Primera, la competencia; segunda, la desconfianza; tercera, la gloria. La primera causa impulsa a los hombres a atacarse para lograr un beneficio; la segunda, para lograr seguridad; la tercera, para ganar reputación. La primera hace uso de la violencia para convertirse en dueña de las personas, mujeres, niños y ganados de otros hombres; la segunda, para defenderlos; la tercera, recurre a la fuerza por motivos insignificantes, como una palabra, una sonrisa, una opinión distinta, como cualquier otro signo de subestimación, ya sea directamente en sus personas o de modo indirecto en su descendencia, en sus amigos, en su nación, en su profesión o en su apellido”. (7)

Con una concepción antropológica diametralmente opuesta a la hobbesiana, John Locke concibe al estado de naturaleza no como una guerra de todos contra todos, sino como un estado de libertad completa y de igualdad. Así lo señala Locke en su Ensayo sobre el Gobierno civil: “Será necesario que tengamos en cuenta cuál es el estado en que se hallan naturalmente los hombres para entender bien en qué consiste el poder político y para remontarnos a su verdadera fuente, a mencionar: un estado de libertad completa para organizar sus acciones y para disponer de sus propiedades y de sus personas según crean, sin necesidad de pedir permiso y sin depender del arbitrio de otra persona, dentro de los límites de la ley natural. Es asimismo un estado de igualdad, dentro del cual toda autoridad y toda jurisdicción son recíprocos”. (8)

De manera que la libertad e igualdad que constituyen el estado de naturaleza, debe estar asegurada contra quienes atestan contra ella. Todos los hombres deben tener el derecho de proteger su propiedad, su vida, su libertad y sus bienes de las agresiones de los demás. Con tal sentido, la institución de un Estado como garante de todas estas cosas se torna imprescindible.

Así lo expresa Locke: “No puede haber ni perdurar una sociedad política sin tener el poder necesario en sí misma para la protección de la propiedad, y para sentenciar los quebrantamientos cometidos contra la misma por cualquier miembro de la citada sociedad, como consecuencia esto se traduce en que sólo existe sociedad política allí, exclusivamente allí donde cada uno de sus componentes ha renunciado a ese poder natural, dejándolo en manos de la comunidad para todas aquéllas situaciones que no le impiden dirigirse a esa sociedad en busca de protección para la defensa de la ley que ella fijó”. (9)

Por otro lado, la concepción antropológica de Rousseau también va a ser distinta a las dos mencionadas con anterioridad. Rousseau concibe al hombre en estado natural como un buen salvaje y no como lobo del hombre. Así lo expresa en su Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres: “Lo considero, en una palabra, tal como ha debido salir de las manos de la naturaleza, veo a un animal menos fuerte que algunos, menos ágil que otros, pero, después de todo, el más ventajosamente organizado. Lo veo calmando su hambre bajo un roble, apagando su sed en el primer arroyo, encontrando un lecho al pie del mismo árbol que le ha proporcionado el almuerzo; ya están satisfechas sus necesidades”(10).

A pesar de concebir idílicamente al hombre en estado de naturaleza, no por ello Rousseau deja de observar cómo esa concepción del buen salvaje se va deteriorando en la medida que el hombre entra en relaciones de poder con otros hombres. Aquí se puede apreciar como las desigualdades físicas, morales y políticas van generando conflictos en las relaciones interhumanas. Así lo señala Rousseau: “Concibo dentro de la especie humana dos formas de desigualdad; una que llamo natural o física, porque está establecida por la naturaleza y que consiste en la diferencia de años, de salud, de fuerza corporal y de cualidades del espíritu o del alma, otra que se puede llamar desigualdad moral o política, porque depende de una cierta convención y está establecida, o al menos autorizada, por el consentimiento de los hombres. Esta última consiste en diferentes privilegios de los que algunos disfrutan en detrimento de los demás, tales como ser más ricos, más honorables, más poderosos que ellos, o incluso hacerse obedecer” (11).

Dado que las desigualdades tanto de tipo físicas como morales y políticas van generando conflictos en la convivencia, es necesario que todos los hombres establezcan un pacto entre sí, y de esta manera poder resguardarse a sí mismos. Así lo expresa Rousseau en el Contrato Social: “Encontrar una forma de asociación que defienda y proteja de toda fuerza común a la persona y a los bienes de cada asociado, y gracias a la cual cada uno, en unión de todos los demás, solamente se obedezca a sí mismo y quede tan libre como antes. Este es el problema fundamental que resuelve el contrato social” (12).


V- De la modernidad a la postmodernidad: Enfoque filosófico.

El traspaso de paradigma se fue dando gradualmente. Factores políticos, religiosos y culturales fueron amoldándose a este nuevo espíritu de la época. La vuelta al naturalismo expresada por los ideales del Renacimiento, fue también la vuelta a una educación menos teológica y mucho más independiente. El Renacimiento como preanuncio de la Modernidad significó una vuelta al hombre y abrió el paso para el descubrimiento del Cogito cartesiano, de la subjetividad humana. Es que en la Modernidad el Cogito, el subjectum se torna el principio explicativo de todas las cosas.

En la Modernidad, el Cogito es el que está puesto por debajo como fundamento, como arché inamovible, sosteniendo y dirigiendo todo el edificio que ha de ser construido. Un edificio con cimientos emancipatorios y racionales, naturalmente inmanentes. En este edificio el subjectum se propone la gran tarea de ser un ente autónomo, de conducirse bajo la ley que él mismo ha impuesto. De manera que se torna legislador y súbdito a la vez. Es el constructor de la nueva arquitectura metafísica, y por eso mismo debe cumplir con todo lo que él ha instituido. Es libre y a la vez debe ser obediente. Su libertad reside en el cumplimiento de las normas que él ha instituido como sujeto portador de Razón.

Sin embargo, las distintas filosofías explicativas de este cambio de paradigma, de modelo para ver el mundo, se disputaron la hegemonía, entrando en controversias irresueltas. Racionalistas y empiristas creyeron tener la verdad en esta suerte de crear una ficción interpretativa de la realidad. Se crearon metarrelatos para poder abarcar todos los ámbitos de la vida humana. Estos metarrelatos operaban como ideas regulativas, como caminos por donde debía transitar la vida humana. El filósofo que produjo la gran síntesis de estos relatos fue Kant. Su descubrimiento de los juicios sintéticos a priori parecía terminar con la disputa entre los juicios analíticos a priori y los juicios sintéticos a posteriori por sí mismos. Esta gran revolución copernicana parecía despertar la esperanza de un mundo que avanzaba hacia un progreso indefinido por medio de la Razón, en donde los misterios de la naturaleza iban a poder ser debelados, ya que estaban escritos en caracteres matemáticos. Una vez que la Naturaleza fuera, en términos de Adam Smith, más humana y menos natural, los hombres en todo el mundo iban a poder disfrutar de sus beneficios.

El optimismo fundado por el Iluminismo del siglo XVIII, en donde el sapere aude kantiano se convierte en el lema del nuevo hombre, va a ir paulatinamente desmoronándose desde sus propios fundamentos. El progreso científico y tecnológico se producía desde una ideología liberal en la que el laissez fair del mercado sumía a poblaciones enteras en la miseria y en donde los que tenían acceso a la educación eran unos pocos acomodados. La inmoralidad del sistema capitalista, vista y atacada por Marx y naturalizada por Durkheim, llevaba a los hombres a una penosa involución y no al progreso. Lo que era indefinido era el progreso de la desigualdad y la inmoralidad de un sistema político que había encarnado el nuevo paradigma de la autonomía del hombre para beneficios propios.

El proyecto emancipatorio que significó el Iluminismo no era la emancipación del hombre en tanto hombre, sino la emancipación de un grupo de hombres bajo una ideología que era liberal en el ámbito político, pero como no podía ser de otra manera, profundamente conservadora en el ámbito económico. Todos los hombres nacían libres e iguales, no había lugares naturales ni tampoco predominaba una concepción organicista de la sociedad, sin embargo, la igualdad era meramente normativa y no se daba de factum, con lo cual era una igualdad ficticia, una igualdad como mera posibilidad, una isonomía idílica, un ius sin sentido.

De manera que el nuevo sistema de cosas engendrado por el proyecto Iluminista, tenía en sí mismo la causa explicativa de su fracaso. Tanto es así que Auschwitz, según Adorno, es la muerte de este proyecto; por un lado, porque el hombre no pudo saltar encima de su propia sombra, por el otro, porque lo que Auschwitz enseña como primera de todas las educaciones, es que el genocidio nazi no debe repetirse (13) porque representa a la barbarie, a la anticivilización que, paradójicamente fue engendrada por la civilización (14).

De modo que las raíces deben ser buscadas en los perseguidores y no en las víctimas, en los ideólogos del sistema y no en aquéllos que lo padecieron. El fracaso del proyecto Iluminista terminó con las grandes construcciones filosóficas. Con todas las metanarraciones y abrió paso a lo que se conoce como el espíritu posmoderno. Es en este espíritu donde tienen lugar diversas concepciones gnoseológicas, epistemológicas y éticas, todas ellas válidas para sí mismas. El relativismo protagoriano expresado a través de “ el hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en tanto que son y de las que no son en tanto no son”, impera y da lugar al perspectivismo nietzscheano en todas sus variantes. No existe ninguna verdad absoluta, ni de Razón ni de fe. Lo único absoluto es que todo es relativo.

Ahora bien, si el relativismo implica que existen múltiples lecturas de la realidad y que cada una de ellas se hace de lugares absolutamente distintos, entonces no nos queda más que respetar las diferencias. Sin embargo, respetar las diferencias significa mantenerlas y mantenerlas significa naturalizar el contexto de desigualdad en el que han urgido. Este es un serio problema, porque se puede caer en el error de justificar cualquier hecho por el mero hecho de respetar al otro. Se torna imposible tratar de respetar los fundamentos que llevaron a los nazi a crear los campos de concentración, violando derechos humanos elementales Resulta imposible tratar de comprender por qué a las mujeres en el mundo islámico se le practica la oblación del clítoris. Si respetar es igual a mantener y mantener es igual a naturalizar, estamos en serios problemas.

Estamos en un mundo postmoderno, en un mundo en donde el sapere aude ha sido reemplazado por el carpe diem, en donde el dios Apolos ha sido fraccionado en mil pedazos, mientras Dionisio ha sido rescatado orgiásticamente de una manera notable. L a revalorización de las experiencias individuales, del cuerpo del otro y del cuerpo propio es mucho más atractivo que cualquier tratado de filosofía. Las explicaciones rápidas a problemas grandes, las soluciones inmediatas y milagrosas están a la suerte del día. La desconfianza por el otro, el vacío emocional, la indiferencia y el ensimismamiento, la cruel frialdad e individualidad se rescatan como valores positivos. La expropiación de la posibilidad de crecer en lo económico, la imposibilidad de terminar una carrera se torna más evidente en los países del tercer mundo.

VI- Los derechos humanos en la postmodernidad: Globalización y multiculturalismo.

En el mundo postmoderno todos se apresuran por llegar, pero sin saber cómo y adónde. El presente se torna incierto y el futuro poco promisorio. La aceleración de la vida atentan contra la propia vida humana. El estrés, la bulimia y la anorexia hacen estragos en los jóvenes. Las adicciones ponen palabras donde el vacío emocional las oculta. El miedo a la muerte expresado en el llamado” ataque de pánico” cobra cada vez más víctimas. Y por supuesto, la tarea educativa está cada vez más devaluada. Lo cierto es que en un mundo donde todo está tan fragmentado, en donde no existe ningún saber que sea absolutamente verdadero, la interpretación y la aplicación de los derechos humanos se torna también fragmentaria y relativa.

En un mundo en donde asistimos sin rezongar a la subjetivización del objeto y a la objetivización del sujeto, en donde los objetos adquieren características humanas, dado que se los requiere, respeta y aún se mata por ellos, mientras que los humanos nos vamos cada vez más cosificando, desvalorizando, animalizando y masificando, los derechos humanos pierden aún más el carácter de universalidad y objetividad que se supone deberían tener.

En la postmodernidad, cada fragmento ideológico trata de obtener reconocimiento. La interpretación de los derechos humanos se produce desde el lugar de la absoluta identidad con ciertos principios ideológicos, que no buscan mas que perpetrar su hegemonía sobre el resto de los fragmentos del saber.

VII- Conclusión personal.

Considero que existen ciertos derechos que pueden ser considerados como trascendentales, es decir, aplicables a todos los seres humanos. Sin embargo, creo que las formas de aplicación y consideración están indisolublemente atravesadas por aspectos culturales que deben ser respetados y que, por ello mismo, no pueden ser eliminados.

Estos derechos que atraviesan a todos los entes, sin distinción de culturas particulares, son difíciles de poder establecer con un grado de certeza inamovible, dado que el ser humano es una construcción sociocultural y en consecuencia, todas sus elucubraciones respecto de sí mismo son la exterioridad de su autoconciencia sociohistórica. No es posible separar al sujeto de sus producciones, porque sería separarlo de sí mismo, al ignorar el entorno en el que han tenido lugar dichas producciones, dado que la mismidad se constituye en el marco de la alteridad. Pensar que existan ciertos derechos que puedan absorber todas las divergencias culturales, de tal manera que puedan ser neutralizadas en una síntesis superadora, desencarnada y deshistorizada, no es más que un ideal o más bien, una utopía de razón.

Si lo que llamamos realidad subjetiva o mundo subjetivo, en contraste con una realidad ideal o mundo objetivo es el resultado de la correlación de nuestros actos intencionales, es decir, si la realidad es una construcción del sujeto, una donación de sentido puesta por el sujeto, entonces la determinación, forma y aplicación de ciertos derechos humanos va a depender de cuál sea la construcción que se haya hecho. Es imposible separar una cosa de la otra.

Los derechos humanos son el resultado de un proceso histórico ideologizado y representan los intereses de la cultura occidental, apegada a explicaciones logológicas y fundamentos últimos. Sin embargo, es menester reconocer que existen otras formas de entender e interpretar la realidad que no necesariamente está sujeta a explicaciones logológicas. Algunas culturas apelan a razones de fe; otras a cuestiones más místicas y otras tantas a muchas cosas diferentes. Cada una de ellas construye su mundo desde un lugar, un cómo, un por qué y un para qué distinto y distintivo. De manera que las construcciones sociales no son absolutamente isomórficas, simétricas. Son demasiado complejas como para poder comprenderlas con profunda certeza.

Los derechos humanos son construcciones culturales que tienen como fundamento los distintos lugares desde donde se los aborda. Su fundamento es ideológico, ya sea que se esgriman razones de Fe, razones de Razón o cualquiera de las diversas manifestaciones del pensamiento, ya sea occidental como oriental.
Claudio G. Barone

viernes, 12 de febrero de 2010

El amor por deber y la práctica del amor


¿Qué es esto de amar por deber, cómo deber? ¿Acaso obligar a amar no contradice el espíritu de libertad con el que Dios se supone dotó a cada ser humano? El amor al prójimo entendido como un imperativo de la voluntad divina, choca decididamente contra la torre indestructible de otro imperativo: la voluntad humana. Y desde el principio, el mismo Dios que le impone al hombre la obligatoriedad de amar, al mismo tiempo le dio la posibilidad de la libertad, es decir, lo expuso ante una eventual contradicción: que el hombre deba amar siempre, pero que al mismo tiempo, como si fueran dos momentos de un mismo proceso, pueda elegir libremente no hacerlo. De esta manera, una elección que está subordinada a una obligación no es una verdadera elección, es una contradicción de principio que no puede llevar a otra cosa que a una contradicción en la práctica. Sumada a esta contradicción prístina, la medio libre elección del hombre desató el oscuro manto del pecado original que produjo el estado actual del hombre.

De modo que desde la perspectiva de la condición actual del hombre, el amor por deber presenta dos complicaciones metafísicas fundamentales: la naturaleza humana y la voluntad humana. ¿Cómo una naturaleza que está corrompida por el pecado, puede voluntaria y naturalmente amar al prójimo? ¿No es el pecado original la primera traba metafísica para poder desarrollar una elección libre?¿Cómo se le puede pedir a alguien que está incapacitado para hacer lo bueno, que haga lo bueno?, ¿no es un contrasentido, un error lógico? Esta incapacidad para hacer lo bueno el apóstol Pablo la señaló de manera brillante en su Epístola a los Romanos: “Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago. Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago”.[1][1]

Se argüirá justamente que es por eso que fue dado el mandamiento, para poder ir en contra de esta naturaleza propensa a ser lo malo, para derrocar una voluntad fuertemente conformista consigo misma, con la satisfacción en sí misma y con ninguna otra finalidad que no sea acrecentar sus intereses en contra de los intereses ajenos. Es decir, el mandamiento es dado para que los hombres tomen conciencia de su ineptitud para vivir abandonados a su propia naturaleza, que está en marcada oposición con la naturaleza divina. La obligación de amar al prójimo se presenta como una cura contra el egoísmo y la apatía.

El amor por deber pone al descubierto una incapacidad metafísica: que naturalmente, por iniciativa propia y sin egoísmos mezquinos y competencias egológicas, el hombre pueda amar a otros hombres como él, con los mismos sueños, los mismos deseos de ser felices. Muestra la vaciedad y alejamiento de las prácticas con relación a los principios. Al hombre se lo interpela a amar desde el mandamiento, porque el pecado obstaculizó su iniciativa de querer amar a los demás desde su voluntad, que no sería otra cosa que amar a los demás a pesar de ser distintos y porque son distintos.

Aunque aceptemos que el mandamiento de amar al prójimo pone al descubierto la incapacidad del ser humano para ejecutarlo voluntariamente, dicho mandamiento perfora la voluntad individual, anula la iniciativa de poder no amar a los demás; es decir, se es verdaderamente libre en la medida que se puede elegir amar al prójimo como no amarlo, cuando una obligación se interpone decididamente sobre una de las dos posibilidades no se es verdaderamente libre, sólo parcialmente, lo que es lo mismo que afirmar que sólo se es libre en virtud del cumplimiento del mandamiento. Pero…¿es posible cumplir con el mandamiento? Volveremos.

Sin embargo, esta posibilidad de poder elegir amar o no amar se desprende de un concepto erróneo de libertad, dado que si la existencia de Dios está fuera de discusión, puesto que se parte desde allí para analizar la problemática de la obligatoriedad de amar por mandato divino, entonces no tendría sentido recusar a Dios por tal mandamiento; es decir, si Dios abarca la plenitud de todas las perfecciones y es aquel que ha creado a toda criatura, entonces es lógico y dable esperar que nuestra libertad esté acotada por la libertad de Dios y que debamos obedecer. No podemos imputar a Dios de la restricción de nuestra libertad.

En otras palabras, que la libertad del creador sea de un grado distinto y superior que la libertad de sus criaturas, que la libertad de aquel que es causa de su causa sea muy superior a la libertad del hombre, que es una libertad relativa a un ser que es efecto de una causa, es algo lógicamente comprensible y aceptable que se desprende de la existencia misma de Dios. No hay posibilidad para que el hombre sea absolutamente libre si se acepta que es efecto de una causa, que la causa de su existencia está fuera de sí mismo. Y si el hombre no es completamente libre en relación a sí mismo, puesto que, aunque de hecho, pueda hacer lo que quiera, por derecho no puede hacer lo que quiere, debe hacer la voluntad de su creador. Es justamente haciendo la voluntad de su creador cuando encuentra su verdadera identidad y libertad; por eso Cristo dijo: “Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”.[2][2]

De manera que el hecho mismo de no poder tener una absoluta libertad, de no ser Dios, prueba la necesariedad del mandamiento y de ser guiados por los caminos del deber, en contra de nuestra voluntad que recorre incorregiblemente los caminos del no querer elegir el deber de amar. Si tuviéramos una voluntad santa, perfecta y absolutamente libre, no tendría sentido el mandamiento y el amor fluiría como algo esencialmente natural no impuesto. Pero como tal voluntad no existe ni puede existir, es necesario que Dios nos imponga, aunque la palabra imponer suene dura, el amor como un deber impostergable de practicar entre los hombres.

Dios nos impone el deber de amar porque nuestra libertad está vendida al pecado, está corrompida desde su inicio, está salpicada por la desobediencia y el desamor. Tal imposición destruye toda pretensión de libertad basada en el desamor, puesto que el desamor denota la falta de genuina libertad; es decir, elegir por la alternativa de no amar es no ser verdaderamente libre, es estar atado al yugo del pecado que trastorna el comportamiento verdaderamente cristiano, deseado por Dios desde el principio. Decidir libremente no amar, no es una decisión verdaderamente libre; es la decisión de una naturaleza trastornada por el pecado, que pretende ser libre, aunque no lo sea. Entonces, ¿no existe la posibilidad de no amar? Sí y no, aunque pareciera anti-intuitivo e ilógico. Se puede elegir no amar, pero sólo desde la perspectiva del pecado; desde la perspectiva del amor de Dios que impregna el cristianismo es imposible, dado que no amar es igual a no ser cristiano.

Elegir no amar desde la perspectiva del amor que Dios exige de los cristianos es imposible, esto es, desde el punto de vista del deber ser, de la obligatoriedad impuesta por el dogma; sin embargo, desde el punto de vista del ser o de la posibilidad, es totalmente posible y, de hecho, se da en muchos cristianos que no practican el amor por los demás. Y decir que quienes no practican el amor por los demás no son verdaderos cristianos, no sólo es un pensamiento kierkegaardiano y bíblico, sino que además, pone al descubierto a muchos cristianos que viven en la cristiandad y no han alcanzado el verdadero cristianismo, caracterizado por el renunciamiento, el sacrificio, el riesgo y la entrega incondicional y desmedida.

De este modo, sería totalmente injusto sacar a Kierkegaard de su marco conceptual cristiano e imputarle que pretende imponernos una práctica ética que choca contra su propia imposibilidad, cuando él pensaba que no sólo era posible, sino esperable y deseable, ¿pero es imposible amar al prójimo? Si nos atenemos al mandamiento pareciera ser que no. Pues Dios no instituiría nada que sea impracticable. De lo contrario, tendríamos que chocar con la omnisciencia de Dios. Pero si no es imposible, ¿desde qué condiciones es posible amarlo? ¿Es posible amar a todos?

Ahora bien, tener sólo la alternativa de amar al prójimo, aunque choque con la imposibilidad de poder amarlo real y verdaderamente, por la actual condición de una naturaleza contaminada por el pecado, y porque el amar idealmente nunca fue practicado, pareciera que es la mejor alternativa. Ahora, ¿qué es amar verdaderamente? ¿Es posible amar despojado de intereses particulares, o la carga del pecado nos limita a amar lo que más nos conviene conforme a nosotros mismos?

Según Kierkegaard, que debemos amar al prójimo, está muy claro desde un polo ideal que, si se quiere, pareciera no tener fisuras, pues representa el mundo del deber ser, de lo perfecto, de lo mandado por Dios. Ahora, ¿es posible que lo imperfecto pueda acceder a lo perfecto? Se argüirá que sólo imperfectamente el hombre puede amar a otro hombre, que lo mandado perfectamente choca inevitablemente con su objeto de aplicación, como no podría ser de otra manera, puesto que el hombre es hechura y no hacedor. Sin embargo, esta imposibilidad de amar verdaderamente ya está supuesta y es disparadora del mandamiento, es decir, si no existiera tal imposibilidad no hubiese sido dado el mandamiento. En otras palabras, debemos amarnos porque el pecado lo arruinó todo, porque el pecado es egoísmo, y donde hay egoísmo está la imposibilidad de amar.

Que pasaría si el mandamiento cubriera la alternativa opuesta: “tú no debe amar” Todos nos sorprenderíamos por semejante afirmación. ¿Cómo Dios nos va a pedir que no nos amemos? Sin embargo, nos pide que nos amemos y también nos sorprendemos ¿Y por qué nos sorprendemos? Porque aunque, si se quiere, todos los seres humanos aceptemos la validez universal del mandamiento, no todos estaríamos dispuestos a ponerlo en práctica, dada la influencia poderosísima del aguijón del pecado. Existe una marcada diferencia entre el tú debes de la aceptación desde el plano deontológico, y la práctica positiva del amor en acciones cotidianas concretas.

Claro que alguien podría sostener que amar al prójimo no es algo que pueda sostenerse desde el punto de vista de su validez universal, y que sólo podría sostenerse desde lo individual, esto es, sólo sería viable la posibilidad de amar a algunas personas y no a todas. Sin embargo, tal alternativa choca decididamente con la noción kierkegaardiana de prójimo, puesto que el prójimo es cada uno de todos los hombres y no solamente algunos hombres en particular, de manera que el amor que exige el tú debes de Dios y que está inserto en la noción de prójimo es mucho más amplio y exigente que el amor por predilección, el amor al amigo y al amado, que sólo ama lo que le conviene, cómo le conviene y cuándo le conviene, y que además es temporal, transitorio. En cambio, el amor por deber que involucra a la totalidad del género humano nace del mismo corazón de Dios, tiene su origen en la eternidad y, por tanto, es divino, eterno e inmutable. Así lo describe Kierkegaard: “El amor auténtico, el amor que convirtiéndose en deber se sometió al cambio de la eternidad, no se transmuta jamás, es sencillo, y ama- nunca odia, nunca odia-al amado”[3][3]

Contrariamente a lo que pueda ser pensado, la ausencia de la práctica del amor no hace inválido el mandamiento de amar al prójimo o lo que es lo mismo, a todos y cada uno de los hombres, pero revela los límites que la naturaleza humana corrompida por el pecado tiene. En otras palabras, aunque se sostenga teórica e idealmente que el que ama al prójimo es porque ha comprendido el mensaje cristiano, esto no significa que la práctica del amor se algo que fluya con naturalidad en cada uno de los cristianos que así lo creen, y mucho menos por aquellos que ni siquiera aceptan idealmente el tú debes de Dios.

En todos los casos, es difícil de practicar tanto para los cristianos convencidos de que se debe amar, como para aquellos que no tienen tal convicción. De allí que la expresión kierkegaardiana: el auténtico amor no se transmuta jamás, es sencillo y nunca odia, sólo puede ser aceptada idealmente, como aquello que debiera pasar pero, de ningún modo, puede ser aceptada desde el punto de vista descriptivo, esto es, como aquello que se puede contemplar en la práctica de las relaciones interhumanas.

Pero si el mandamiento de amar sólo puede ser aceptado idealmente pero, de alguna manera resulta impracticable, al menos en todos los casos, dado que nadie de hecho puede amar a todos, ¿qué sentido tiene haber sido impuesto por Dios? Bueno, baste decir que, si bien no es idealmente practicado, puede ser practicado en muchos casos con total libertad y en forma incondicional.

Es dable pensar también, que en la historia hay sobrados ejemplos de cristianos que sostenían el tú debes idealmente con una mano y con la otra torturaban y mataban a quienes no pensaban como ellos. El tú debes como presupuesto teórico debe estar acompañado por una firme vocación de encontrar en una necesidad la posibilidad para enfrentarla desde las acciones concretas, inmediatas, y ciegamente racionales, puesto que no hay mucho tiempo para pensar cuando el hambre de un niño, el sufrimiento de una viuda, la desocupación de un trabajador lo requieren. Un tú debes que se cimienta en lo teórico, abstracto y pasivo, no es el tú debes de Dios.

Es que el mandamiento apunta a movilizar todo nuestro ser en pro de beneficiar al necesitado, no sólo con palabras, sino principalmente con hechos. Ahora bien: ¿por qué debemos amar?, ¿qué es amar?, ¿cómo debemos amar?, ¿cuál es el objeto de nuestro amor?, ¿a quiénes debemos amar?, ¿cuánto tiempo debemos amar?¿todos podemos amar? Estas son algunas de las cuestiones que debemos desarrollar en este trabajo.

En cuanto al por qué debemos amar sólo bastaría con afirmar que Dios es amor [4][4]como razón suficiente. Que el Dios que nos impone el deber de amar con todas las dificultades que esto acarrea para la libertad individual, se impone a sí mismo el deber de amarnos con amor eterno, con verdadero y sublime amor. De modo que Dios nos pide que hagamos lo que él hace, lo que él es, lo que quiere que nosotros seamos. Dios es el manantial de amor que fluye permanentemente. Así lo expresa Kierkegaard en su oración: “¿Cómo podría hablarse rectamente del amor si quedases olvidado Tú, oh Dios del amor, de quien procede todo amor en el cielo y en la tierra?[5][5] Parafraseando a San Agustín: Dios es la recta medida del amor, que es el amor sin medida.

Dios es el por qué del amor, el pleno cumplimiento de su propia esencialidad. El por qué debemos amar lo responde el mismo corazón de Dios y los cristianos no tienen ninguna objeción al respecto. Todos están de acuerdo en que el amar al prójimo es la base del amor a Dios, dado que, como dice el apóstol Juan: “Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?[6][6]El amor a Dios no es un concepto puramente racional, requiere de un compromiso activo con relación a la realidad social.

Si debemos amar porque Dios es amor, debemos amar imitando el amor de Dios, aunque sea desfiguradamente, para saber justamente qué es amar. Amar es entregar lo más querido en favor de los demás, es negarse a sí mismo y renunciar a todo egoísmo. Es tomar la cruz como modelo de sacrificio vicario y expiatorio. Es ponerse en el lugar de los demás soportando muchas veces el desprecio injustificado. El verdadero amor cristiano, el que se nutre de la eternidad y se funda en ella, no consiste en charlatanería barata ni en largas y repetidas oraciones desde el cómodo lugar de la oficina pastoral o del convento; tampoco en largas peregrinaciones a lugares inalcanzables, ni de sermones elegantes homiléticamente construidos ni de flagelaciones corporales innecesarias; el verdadero amor consiste en sacrificio que mueve a la praxis, que desparaliza, que persigue la meta de la satisfacción de la necesidad ajena que no puede ni debe esperar, que es impaciente y que debe serlo.

Respecto de qué es el verdadero amor, Kierkegaard lo expresa brillantemente de esta manera: “Así que se equivoca el hombre que llama amor a lo que no es más que egoísmo, asegurando con las palabras más solemnes que no puede vivir sin la persona amada, mientras que no quiere oír que la tarea y la exigencia del amor consisten en negarse a sí mismo y renunciar a todo egoísmo enamorado. Y así se equivoca el hombre que da el nombre del amor a lo que no es más que débil abandono, o depravada blandenguería, o dañosa asociación, o profanadora intimidad, o relaciones egoístas, o sobornos lisonjeros, o fenómenos del momento, o lazo de la temporalidad”[7][7]

El verdadero amor se expresa a través de los frutos, por medio de lo que produce y no por el deseo de producir, ni por la aspiración ni el conocimiento teórico de que se debe producir. La vida secreta del amor que habita en lo oculto de la interioridad del corazón humano, debe manifestarse en público por medio de la calidad de sus frutos, de la auténtica y genuina transformación de vida que está dispuesta, si es necesario, a dar su vida por los demás.

La calidad de los frutos revela la calidad de creyente, porque no puede un árbol bueno producir malos frutos ni un árbol malo producir buenos frutos. Y los buenos frutos se reconocen por una vida transparente y que es consecuente consigo misma, con una vida en que se ha reconciliado el decir y el hacer, en la que amar no es tanto un deber mandado, sino una necesidad querida y consentida. De manera que es una necesidad para el amor manifestarse por medio de los frutos; sin tal necesidad, no hay verdadero amor y tal árbol merece ser maldecida como una higuera infructífera.[8][8]

Si no hay frutos del amor, sólo existen las hojas de las palabras huecas y descomprometidas. Como dice El apóstol Juan: “Hijitos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de obra y de verdad”[9][9]El amor cristiano debe ser más que algo asentido, algo fuertemente vivido y practicado. Debe ser auténtico y maduro, porque… “el amor inmaduro y engañoso se conoce en que su único fruto son las palabras y las expresiones locuaces”[10][10]

De manera que amar es jugársela entera como se la jugó Jesucristo en Getsemaní, es cambiar el deseo de mi voluntad en pos de abrazar una causa que inspire suplir todo tipo de necesidades humanas y cotidianas. El por qué y el qué es amar está coimplicado en la misma persona de Dios y ejemplificado magistralmente en el despojo de sí mismo, de su gloria en la encarnación.

¿Cómo debemos amar? Con todo nuestro corazón, con todo nuestro cuerpo, con toda nuestra inteligencia; en definitiva, con toda nuestra existencia, buscando ser, al menos, una sombra activa de lo que fue la cruz de Cristo. Debemos amar con la firme convicción desinteresada que no hay mayor certeza en el mundo que sea superior al entregar la vida, si es necesario, por los demás.

Debemos amar en forma incondicional, sin esperar recompensas terrenas ni limosnas pasajeras, puesto que el tesoro del cristiano está en los cielos y no en la tierra. Amar de esa manera nos libera de egoísmos mezquinos y adulaciones ensoberbecedoras, nos asemeja a Dios aunque sea muy mínimamente, nos otorga verdadera independencia. Así lo expresa Kierkegaard: “…este “tú debes” libera al amor en feliz independencia. Tal amor no nace y muere conforme a la ley de la eternidad, es decir, no muere nunca; tal amor no depende de esto o de aquello, solamente depende de lo único que libera, por tanto, es eternamente independiente”[11][11]

El cómo debemos amar debe estar impulsado por el tú debes y por el yo quiero elegir ese debe como si yo lo hubiese mandado para mí mismo. Debo amar el tú debes como un imperativo que nace de mi propia voluntad, que se me impone desde lo querido y elegido por mí y no como la carga impuesta externa de una voluntad divina. Sólo eligiendo por convicción el tú debes se puede amar verdaderamente. El debe de la prescripción debe ser transformado en un debe de la elección; sólo así el tú debes no tendrá el sabor agrio de lo meramente prohibitivo, sino el dulce aroma de lo gratamente elegido.

En cuanto a cuál es el objeto de nuestro amor está claro que son todos y cada uno de los hombres que viven en este mundo. Y cuando digo todos están incluidos aún aquellos que son nuestros enemigos, aquellas personas que no nos quieren por los más diversos motivos. Porque “quien de verdad ama al prójimo, ama también en consecuencia a su enemigo. Esta diferencia: “amigo o enemigo”, es una discriminación en el objeto del amor, pero el amor al prójimo contiene de seguro un objeto indiscriminado. El prójimo es la completamente incognoscible distinción entre hombre y hombre, o la eterna igualdad de los hombres delante de Dios”[12][12]

De manera que el verdadero amor no distingue amigos de enemigos, sino que los agrupa a todos bajo el manto del deber de amarlos. Es un amor según el Espíritu y no según las inclinaciones, un amor de abnegación indiscriminado, que no ama al que lo ama, sino a todos los hombres. “Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis?”[13][13]

En términos kierkegaardianos, amar a los que te aman es el amor por predilección y no es otra cosa que una forma de amor propio, una duplicación del yo. Amar sólo al amigo y al amado es como amarse así mismo. El yo del amor propio se fusiona con el yo de la predilección y de esta manera se duplica el egoísmo del amor propio, que no es más que la divinización de uno mismo, que es idolatría. El amor que se cimienta en la eternidad, el amor movido por el tú debes, es un amor que ignora todo tipo de predilección, va más allá de ésta, y se sacrifica abnegadamente por la totalidad de los hombres, obturando las diferencias con las palmas del corazón.

Sin embargo, esto de amar a todos, incluso a los enemigos, que es idealmente aceptado, resulta bastante impracticable en la realidad. Nuevamente el tú debes nos somete ante el desafío de tener que amar a quienes no nos aman, y esto verdaderamente requiere de un compromiso y del pago de un precio que no muchos cristianos están dispuestos a pagar. ¿Cómo voy a amar a quienes desean mi muerte, a quienes me odian descaradamente y sin motivo? Este es el desafío y el precio que implica llevar la cruz de Cristo todos los días. Amar a los enemigos es amar al prójimo y desduplicar el amor propio que supone amar al amigo y al amado.

De manera que el objeto del amor cristiano son todos los hombres sin excepción, aún aquellos que atentan contra nuestra vida. Si bien esto parece, y de hecho es bastante impracticable, salvo para aquellos que han alcanzado una madurez espiritual superlativa, no por ello se torna insignificante el mandamiento. Por el contrario, la impracticabilidad del mandamiento nos conduce a pensar satisfactoriamente de Dios que es puro amor.

Sin embargo, si pensamos que el mandamiento puede ser practicado desde el libre ejercicio de la voluntad y no por mandato divino, no tendría mucho sentido dicho mandato, es decir, si los hombres por sí mismos desearan amar a sus enemigos y amarse, entonces el mandamiento no sería más que un acto inconsecuente de Dios, lo cual resulta insostenible de quien es tres veces perfecto.

Por otra parte, parece bastante obvio con sólo contemplar la realidad de las relaciones humanas que, como decía San Agustín, el amor no es amado, nadie ama amar al prójimo, tanto es así que sólo basta con abrir los ojos y contemplar la realidad circundante. Lo que se ven permanentemente son los actos de violencia y discriminación, las acciones y pensamientos ensoberbecidos y las relaciones concupiscentes están a la orden del día como si fuesen naturalmente ideales.

Si amar al prójimo es una tarea difícil, mucho más difícil se torna amarlo en forma permanente, esto es, en todo momento y a pesar de todas las circunstancias. ¿Es posible conservar en el tiempo la práctica del amor? ¿Es verdadero amor aquel que se sustenta de hechos esporádicos y aislados? ¿Es posible amar al prójimo en un momento y dejarlo de amar en otro?

El amor por deber requiere que el amor sea practicado siempre, en todo momento y sin ningún tipo de condicionamientos; sin embargo, esto es una empresa tan difícil que se necesitaría de un Cristo para poder llevarla a cabo. Sólo teniendo una naturaleza divina se puede amar de esta manera. Sin embargo, el mandato fue dado a quienes no tienen una naturaleza divina, a quienes son sólo la sombra de aquel que lo mandó.

Y aunque aceptemos que el amor puede ser practicado de una manera divalente, es decir, en todo momento, no podemos dejar de advertir que sólo con la ayuda de Dios podemos amar de esta manera, sólo si Dios mueve nuestra voluntad para hacer el bien. Como dice el Apóstol Pablo, porque Dios produce en nosotros el querer como el hacer por su buena voluntad.

Ahora bien: si todos nuestros actos buenos y nuestros deseos de amar son producidos, son impulsados por Dios, quien produce el querer como el hacer en nosotros, entonces, ¿dónde queda la libertad individual? En ningún lado. Si lo bueno que hacemos lo hacemos porque Dios no mueve a hacerlo, entonces se justifica que Dios nos imponga el mandato de amar, dado que es él quien no ayudará a ponerlo en práctica, pero no tiene ningún sentido hablar de libertad humana. Y si no tiene sentido hablar de libertad humana, entonces se comprende mejor la obligatoriedad del mandamiento, es decir, como es Dios quien nos ayuda a cumplir con el mandamiento, éste puede ser practicado y realizado; de otra manera, resulta incierto que los hombres libremente decidan practicarlo, al menos en forma divalente o permanente. La incertidumbre de dicha práctica de manera espontánea está hartamente demostrada; basta con abrir un poco los ojos y mirar hacia alrededor.

Lo curioso es que Dios les pide a los hombres que se amen unos a otros y espera que esto suceda de manera permanente, es decir, no puede haber ninguna laguna, ningún dejo de indiferencia ante el prójimo, ninguna conducta descuidada. Y esto verdaderamente es imposible de practicar, salvo en aquellos casos en los que la luz de Dios ilumina nuestro espíritu y nos mueve y conmueve a hacerlo.

A esta altura pareciera que todo gesto de amor de unos hacia otros es el resultado de la intervención directa de Dios sobre la voluntad humana, que no puede el ser humano amar en forma independiente de dicho impulso divino, que no puede amar en forma natural, no impelida por el mandato, que todo acto caritativo es nacido en el corazón de Dios y traducido a los corazones humanos por iniciativa divina. Si esto así, la idea de libertad, de amor por elección se diluye hasta perderse completamente.

Ahora bien: ¿podría este impulso divino en los corazones humanos que los lleva a amar a los demás ser desoído por los hombres? Si tal impulso pudiera ser desoído, entonces existe una instancia en donde el hombre recupera parte de su libertad, en donde el hombre puede optar desoír el mandato interior generado por Dios. Sin embargo, si tal cosa pudiera ser posible, entonces el impulso divino no sería tan fuerte y volveríamos a caer en el problema que nos sumerge en la problemática de la libertad individual. Si el impulso de Dios no nos moviera a actuar a favor de los demás y los seres humanos tendríamos que optar libremente por cumplir con el mandato divino, es probable que la práctica del amor se estancara, que fuera irrealizable, abandonada, no querida.

En definitiva, amar a los demás es lo más importante que el hombre debe hacer. Sin embargo, esto que es lo más importante resulta de difícil realización y requiere de un grado de compromiso espiritual que muy pocas personas poseen. Claudio G. Barone

[1][1] Romanos, Cap15, 18-19.
[2][2] Juan, Cáp. 8, versículo 32.
[3][3] Kierkegaard, Las Obras del amor, LI, Pág. 89.
[4][4] 1 Juan, Cáp. 4, versículo 8
[5][5] Kierkegaard, Las Obras del amor, Tomo I, oración.
[6][6] 1Juan, Cáp. 4, versículo 20b
[7][7] Kierkegaard, Las Obras del amor, Tomo I, Pág., 49.
[8][8] Evangelio de Mateo, Cáp. 21, versículo 18-22.
[9][9] 1 Juan, Cáp. 3, vers 18.
[10][10] Kierkegaard, Las Obras del amor, Tomo I, Pág. 56.
[11][11] Kierkegaard, Las Obras del amor, Tomo I, Pág. 96.
[12][12] Kierkegaard, Las Obras del amor, Libro I, Pág. 139.
[13][13] Mateo Cáp. 5, vers 43-44 y 46.

jueves, 11 de febrero de 2010

La ejemplaridad de la vida cristiana: Una mirada anti-idealista


Sin duda, el tema de la ejemplaridad de la vida cristiana reviste innumerables perfiles para ser abordado. A mí me interesa trabajarlo desde un punto de vista realista y no idealista. Denomino realismo filo-antropológico a aquel que sostiene que la vida humana debe ser entendida tal como se presenta, con sus grandezas y miserias, sus aciertos y contradicciones, su estado de ánimo ambivalente y sus emociones y pasiones prestas a manifestarse en cada uno de los pensamientos y acciones humanas.

No me interesa un idealismo filo-antropológico del tema porque esconde una parte del ser humano y resalta todo aquello que debe ser pero que, de hecho, no es ni puede llegar a ser dentro de los parámetros ontológicos de su propia naturaleza. La concepción idealista no describe los hechos tal como se presentan, sino como se deberían presentar; no presenta al ser humano total, sino parcial; no considera los límites de la naturaleza humana, sino que ilusoriamente los trasgrede; no estructura su pensamiento en términos de este mundo, sino pensando desde un mundo que todavía no es, pero como si fuera.

El idealismo filo-antropológico se nutre de las promesas venideras, pero los sujetos de la acción humana viven en el presente cautivados por una naturaleza de pecado que los sumerge en la desesperación y angustia. Este idealismo tiende a destacar lo más ejemplar de las vidas y a esconder lo más miserable y oprobioso, por eso unifica hipócritamente al ser humano en una sola posibilidad: lo que no es se esconde vilmente en lo que debe ser y lo que debe ser se pone al descubierto sólo en algunos gestos ocasionales que luego son resaltados como ejemplares y a sus agentes como ejemplos.

De manera que los ejemplos de la vida cristiana se componen de pequeños gestos que logran neutralizar a todos aquellos rasgos potencialmente realistas del ser que se oponen al idealismo impregnado de deber ser. Y las vidas ejemplares son aquellas que disimulan, ocultan o minimizan todos aquellos rasgos que perturban la conciencia cristiana, todas aquellas cosas que cuadran dentro del amplio concepto de pecado. No hay vidas ejemplares, sólo gestos ejemplares de una vida que está atravesada por el pecado y lucha contra él para que se manifieste lo menos posible. Quizás, la vida ejemplar sea aquella en la que el pecado ha hecho menos estragos, aquella en la que el pecado ha sido y es contrarrestado de una manera más inteligente.

Y estos gestos ejemplares se dan en una vida que está atravesada por el pecado, se dan en cualquiera de las personas que han aceptado a Cristo y en aquellas que todavía no lo han aceptado también, aunque desde una perspectiva diferente. No hay personas que puedan superar la barrera ontológica del pecado, sólo personas que pueden contrarrestar, con la ayuda de la gracia de Dios, de una mejor forma al pecado que está siempre deseoso de manifestarse.

El cristiano tiene gestos de ejemplaridad, lo que no significa que tenga una vida ejemplar en sentido realista. O quizás, lo que llamamos vida ejemplar no es más que un conjunto de gestos que afloran en todos los seres humanos en determinados momentos de la vida. Si recurrimos a los textos bíblicos podremos notar que los personajes de sus historias están llenos de aciertos y de grandes errores, de momentos de grandeza y de momentos de gran depresión e incredulidad. Podría dar muchísimos ejemplos al respecto, pero sólo basta con decir que el Apóstol Pablo luego de haber tenido una experiencia de conversión sin igual, fue reprendido por Pedro en Antioquía porque estaba obligando a judaizar.

De modo que el cristiano tiene momentos de ejemplaridad a través de sus acciones y momentos de oscuridad manifestada por el pecado en sus diversas formas. Por eso me parece que el tratamiento idealista esconde una parte de la realidad onto-ética del ser humano, como si de esta forma no existiera o no quisiera que exista. Sin embargo, existe y es lo que nos obliga a hablar de gestos, de momentos ejemplares, pero no de una vida ejemplar, o bien de una vida ejemplar, si se quiere, que tiene tantos errores como una vida que no llamaríamos ejemplar. Porque, además, lo que destacamos de ejemplar en una acción es aquello que ha podido salir a la luz, aquello que de alguna manera se ha conocido, pero existen innumerables casos de gestos ejemplares anónimos.

La concepción filo-realista se basa en una descripción fenomenológica de las personas y muestra la totalidad de sus gestos, no sólo los buenos gestos. Apunta a romper con ese manto mitológico que cubre a determinados personajes bíblicos por el solo hecho de ser bíblicos y a determinados líderes evangélicos u de otra denominación cristiana que creen que están por encima del resto de los mortales, por el solo hecho de ser líderes que, más que un honor debería ser un compromiso de servicio irrenunciable, que muy pocas veces se ve.

No le interesa a la concepción filo-realista tapar la basura con parches de idealismo ilusorio, puesto que, además, sería imposible hacerlo, puesto que la basura está siempre, nos acompaña el resto de nuestra vida y nos encara permanentemente para ocupar el primer lugar en nuestra vida. La basura es el pecado en todas sus formas de manifestación. No puede ser encubierto, no se deja, no queremos, aunque tengamos un imperativo del deber ser que nos sirva como regulador de nuestras acciones. El imperativo es la voluntad de Dios registrada en los textos hagiográficos, que nos impele a vivir de una manera que escapa a nuestra posibilidad ontológicamente real. Pero entonces, ¿cómo es que Dios nos pide que vivamos de una manera que choca decididamente contra nuestra naturaleza?

Está claro que el mandato divino reviste el carácter de obligatorio, es decir, debemos vivir como Dios establece; sin embargo, no por obligatorio deja de ser idílico y potencialmente difícil de ser cumplimentado, al menos, en todas sus demandas. Y el mandato es difícil de ser vivido porque nuestra naturaleza no ha sido destruida en el momento de la conversión, sino destronada, pasada a segundo plano, pero no como inactiva, sino como latente presta a que le demos lugar. De modo que se establece una resistencia, una lucha entre el deber ser o lo que Dios quiere que seamos o hagamos y el ser o lo que nosotros queremos ser o hacer. Y en esta lucha muchas veces sufrimos derrotas parciales y muchas otras victorias parciales. No hay ni derrotas absolutas ni victorias absolutas. La lucha es ardua y nos acompaña por el resto de la vida.

Cada vez que salimos victoriosos de esta lucha, manifestamos gestos de grandeza y momento de plena ejemplaridad que se traducen en buenas acciones para con el prójimo. Por eso hablaba de gestos ejemplares y no de una visa ejemplar. Sin embargo, cada vez que salimos derrotados de esta lucha nuestra vida se sumerge en la depresión y en la miseria espiritual. De manera que una misma persona puede tener gestos de ejemplaridad y de fracaso en distintos momentos de su vida. Y esto les sucede a todos los cristianos de la misma manera, a no ser que haya cristianos que estén por encima de la barrera ontológica de su composición natural.

La descripción realista fenomenológica pone su acento en la vida de las personas tal como se manifiesta y no en cómo se debe manifestar. De nada sirve que tengamos en el nivel del mandato lo que se debe hacer y en el nivel de la praxis lo que realmente somos y hacemos. Intentar juntar en forma permanente ambos niveles es un desafío que tiene como corolario la derrota, puesto que parcialmente el deber ser coincide con el ser y cuando coincide hablamos de gestos ejemplares de una vida.

Que nuestra voluntad quiera siempre cumplir con el deber es mera especulación idealista, dado que no puede querer siempre cumplir con el deber porque está transida por el pecado. Para que una voluntad coincida siempre con el deber, se necesitaría en términos kantianos, una voluntad santa y nuestra voluntad es non santa, no siempre quiere cumplir con el mandato divino porque el pecado se presenta como barrera, como paredón, muchas veces insaltable. Cuando se logra saltar, estamos en presencia de gestos ejemplares y lo destacamos justamente por estar más allá del promedio de las acciones humanas.

Sólo con la intervención del espíritu Santo en nuestras vidas podemos, cuando le damos el lugar correspondiente, manifestar gestos ejemplares y parecernos un poco a nuestro modelo por antonomasia: Jesucristo. Justamente, Cristo fue la única persona en la que su voluntad coincidía siempre con el deber, porque no estaba sujeto a una naturaleza pecaminosa, porque era Dios. El resto de los mortales sucumbimos al deseo de oponernos a la voluntad de Dios y hacer nuestra voluntad.

Así, sólo logramos manifestar gestos de ejemplaridad cuando ponemos a Dios en primer lugar y queremos que nuestra voluntad coincida con el deber mandado, de lo contrario, nuestra vida está transita por la más entera oscuridad onto-ética. Y es una verdadera lástima que sean pocas las veces que deseamos coincidir nuestra voluntad con el mandamiento, con el deber mandado por Dios en su Palabra.

Aquellas personas que ponen a Dios en primer lugar con mayor asiduidad, logran mayor número de gestos ejemplares que se traducen en una vida de bendición personal. Quienes, por el contrario, ponen a su ego en primer lugar, transitan por la oscuridad del pecado y del fracaso. Claro que poner a Dios en primer lugar cuesta una lucha diaria con la carne o naturaleza pecaminosa, no es gratuito. Si así lo fuera, es decir, si no costase nada, entonces nuestra voluntad coincidiría plenamente con el deber, y eso es exactamente lo que no sucede siempre ni puede suceder siempre, salvo en contadas ocasiones que catalogamos como ejemplares.

Ahora bien, si nuestra voluntad no puede ni quiere hacer el bien, salvo cuando es movida por el Espíritu de Dios, es decir, cuando el Espíritu nos convence de hacer lo bueno, ¿por qué con un rastro de idealismo se insiste desde los púlpitos que debemos vivir como Cristo? ¿Qué sentido tiene poner en los simples mortales una carga idílica tan pesada sobre sus vidas? ¿Acaso aquellos que predican semejante desafío han alcanzado la vida de Cristo? Supongo que no. Que deberíamos ser como Cristo no hay ninguna duda, que podamos ser como Cristo es imposible. De manera que cuando el deber ser desconoce las posibilidades ontológicas del ser para cumplir con el mandato divino, lo somete a una prueba difícil de ser superada y genera un grado de culpabilidad que conduce a la frustración y a la desesperanza.

Que debamos vivir como Cristo debe operar como una idea regulativa de nuestras acciones, pero nunca nos debemos olvidar que es eso, una idea regulativa que está en el plano del deber ser intentando regular el plano del ser. Pero como el plano del ser es el plano de la libertad en donde los humanos decidimos permanentemente qué queremos ser y hacer en cada una de nuestras acciones, muy pocas veces nuestra libertad coincide con la idea regulativa de bien enmarcada en el mandato divino. Ambos planos se contraponen y tienen un amo y horizonte distinto. El plano del deber ser está regido por la voluntad de Dios y nos conduce a una vida con propósito, aunque con pruebas y luchas; el plano del ser está gobernado por nuestra voluntad que es libre de hacer lo que quiera y su horizonte es incierto.

Sólo a veces ambos planos coinciden y por eso lo destacamos, resaltamos los gestos ejemplares de una vida en la que el Espíritu se ha manifestado con poder, gracias a que la voluntad humana ha querido coincidir con el mandato divino. Sin embargo, en muchas otras ocasiones la relación existente entre ambos planos es de antagonismo. El ser lucha decididamente contra el deber ser, se resiste a cumplir con lo mandado por Dios.

La relación entre ambos planos no sólo es antagónica, sino además, es de dependencia, puesto que el plano del deber necesita materializar su ideal de vida en el ser y el plano del ser necesita tener como marco regulativo de sus acciones al deber ser. Y esta relación de antagonismo y de dependencia perdura toda la vida.

No es fácil sustraerse al embrujo de predicar contenidos que revistan un clara orientación idealista, es decir, anunciar cómo se debe vivir es una tarea relativamente fácil, basta con leer los textos sagrados. Eso es predicar desde el deber ser, desde el lado de Dios; sin embargo, anunciar un evangelio teniendo en cuenta la problemática humana para ajustarse a lo mandado es mucho más difícil y mucho menos predicado.

Todo sabemos cómo debemos vivir, lo que no podemos es vivir como sabemos. Aquí la dualidad saber—vivir se pone de manifiesto. Entiéndase bien, nadie está proponiendo predicar un evangelio más fácil de ser vivido, sólo que se comprenda a la hora de predicar la Palabra de Dios, que todo su contenido está en el plano del deber ser porque nace del corazón perfecto de Dios y nuestras vidas se mueven en el plano del ser, de la finitud y del pecado.

Cuando se intenta desde el púlpito que los cristianos vivan en la plenitud del mandato, se ejerce una violencia farisaica que se pone en el lugar de juez de las acciones de los demás y se miente descaradamente. Se confunde lo que debe ser con lo que potencialmente puede llegar a ser, pero de hecho, muy pocas veces, sólo en algunos momentos se alcanza, por todo lo dicho anteriormente.

Entonces los cristianos asumen un nivel de responsabilidad ética que excede el marco de sus potencialidades ónticas y se genera un conflicto intrasíquico difícil de resolver. Sabe que debe vivir de acuerdo al mandato divino y al mismo tiempo que no puede vivir de acuerdo a la exigencia del deber ser. Y este conflicto es reforzado por prédicas que van decididamente con el martillo del idealismo buscando aplastar a todo aquel que se encuentre en falta. Y seguramente se van a encontrar faltas, puesto que las hay en todo ser humano.

Esta incapacidad para hacer lo bueno el apóstol Pablo la señaló de manera brillante en su Epístola a los Romanos: “Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago. Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago”. Aquí el Apóstol describe la lucha que transcurre en su interioridad, entre el querer hacer el bien y el no poder hacerlo. Y más adelante dice: “Quien me librará de este cuerpo de muerte”.

Sin duda, la experiencia paulina es similar a la experiencia de cada uno de los cristianos que deben luchar contra una naturaleza pecaminosa destronada, pero no destruida, que los somete y no les permite vivir de acuerdo al deber ser. Este conflicto intrasíquico requiere de la ayuda del Espíritu para poder atenuarlo y salir victorioso, aunque sólo sea algunas veces.

A esta altura del ensayo pareciera que la mirada sobre el tema es más bien pesimista; sin embargo, no se debe confundir pesimismo con realismo. No es ser pesimista decir que existen gestos ejemplares en una vida que también tiene gestos que no son ejemplares, que es imposible expresar en forma divalente la perfección de la vida cristiana, porque tal perfección no existe ni va a existir nunca y que no se pueden confundir los planos del deber ser y del ser. Esto es puro realismo. Basta con mirar a nuestro alrededor el comportamiento de los cristianos, para darse cuenta a simple vista que detrás de sus buenas acciones se encuentran acciones que rayan en diversas manifestaciones que contradicen el espíritu cristiano que está reflejado en los evangelios. Y esto es natural, es lo que vengo sosteniendo en todo el trabajo. No es posible vivir de acuerdo al ideal bíblico dentro de una naturaleza que está determinada y estructurada para combatir ese ideal. Sí es posible manifestar gestos ejemplares y esa es la tarea que los cristianos tenemos por delante.

Pero hablar de una vida enteramente ejemplar no es más que una utopía idealista e ilusoria, que requiere de un ser que no sea humano, de un ser que no conozca el pecado, que pueda vivir en un plano eidético. Sin embargo, la vida cristiana está transida por la lucha, la pasión, la contradicción y no solamente por el amor, la entrega y el sacrificio. Esta muy bien que se incite desde la Biblia y desde el púlpito a abandonar el pecado; lo que está muy mal es creer que se puede vivir una vida sin pecado y se legalice tal posibilidad, como si dependiera del esfuerzo humano el poder vivir sin pecado. Es cierto que podemos resistir al pecado, lo que no es cierto es que en ese intento de resistencia siempre salgamos victoriosos. Y muchas veces es eso lo que se predica desde el púlpito.

El único que ha podido vivir siempre en el plano del deber ser fue Jesucristo. El fue el único y el último. No hay ni habrá otro jamás. En Cristo el deber ser coincidía perfectamente con el ser. No había ningún agujero entre ambos planos porque El era la Palabra hecha carne y porque a Él se le había dado el Espíritu sin medida y a nosotros en la medida de nuestra fe. Cristo fue la más acabada expresión de la ejemplaridad de la vida y es el único que puede decir: “Quién me redarguye de pecado”. En Cristo coinciden sus gestos ejemplares con la ejemplaridad de la totalidad de su vida. No hay puntos oscuros en El ni es posible que los haya, puesto que pertenece a un estatus ontológico superior y perfecto, porque en definitiva, Cristo es Dios y sólo El pudo cumplir con la totalidad de lo mandado. Claudio Gustavo Barone

martes, 19 de enero de 2010

No hay hechos, sólo interpretaciones


Desde que Nietzsche sostuvo que “No hay hechos, sólo interpretaciones”, la posibilidad de conocer los hechos tal como se produjeron ha sido lastimada fuertemente. Si no podemos conocer los hechos, puesto que éstos mismos ya son “hechos interpretados”, entonces habrá tantas interpretaciones de los hechos como hechos interpretados, es decir, si sólo podemos tener acceso a nuestras interpretaciones de los hechos, entonces los hechos como datos puros e inmutables quedan desdibujados y se pierden en el mar de interpretaciones. Pero, ¿es posible que los hechos puedan considerarse como datos puros o lo que es lo mismo como realidades objetivas, es decir, independientes de la interpretación del sujeto? Pareciera que no. Los hechos por sí mismos no hablan o en todo caso hablan sólo a la luz de sus intérpretes. Los hechos no explican nada, sólo suceden, acontecen. Es la pluma de un intérprete la que los ciñe de sentido. Ahora bien, ¿de qué sentido los ciñe? ¿Se puede describir la realidad objetivamente? Se puede describir un hecho sin ningún filtro interpretativo, ya sea idiomático, cultural, ideológico u otros. Supongo que no.

Pero volvamos al problema. Si sólo podemos conocer nuestras interpretaciones de los hechos, entonces tuvo primero que haber hechos objetivamente dados. Pero, ¿qué sería un hecho objetivamente dado? Supongo algo que irremisiblemente sucedió en tiempo y espacio. Bien, ¿y cómo sabemos que algo sucedió? Porque lo vemos, porque hemos sido testigos audiovisuales de los acontecimientos, porque muchos hombres lo han visto. De manera que hay hechos, hay acontecimientos que se pueden comprobar. De modo que no hay ninguna duda respecto de que suceden cosas, de que hay hechos. El problema se suscita al creer que esos hechos hablan por sí mismos, deben ser interpretados de la misma manera, son evidentes para todos de igual forma.

¿No será que un hecho al ser interpretado como hecho pierde lo que es de suyo propio, es decir, lo objetivo? ¿Hay otra forma en que un hecho se dé a conocer sin el filtro de la interpretación humana? Pareciera que no. En el acto interpretativo existe una donación de sentido que se impone necesariamente y esta donación de sentido va virando según el intérprete de los hechos. De manera que si existen muchos intérpretes de un mismo hecho, entonces el hecho como tal se desdibuja, se esfuma, se pierde en el montón de interpretaciones a tal punto de que sólo hay interpretaciones y no hechos. ¿Quién podrá afirmar que su interpretación se ajusta infaliblemente a los hechos? Los hechos son interpretados de distintas formas y estas disímiles interpretaciones terminan creando un nuevo hecho, algo distinto del acontecimiento primigenio, algo que en algunos casos, es totalmente distinto a lo que se suponía al principio.

En el acto interpretativo, todos creen tener la mejor explicación de los hechos y la única. Sin embargo, nunca hay una única interpretación que logre cautivar a la totalidad de las personas. La realidad tiene aristas tan imperceptibles y contradictorias que en ningún caso la interpretación de un hecho puede ser más que la interpretación subjetiva de un hecho, que está sujeta a un vínculo inextricable entre el hecho y la personalidad del intérprete. Además, no sólo existen diversas interpretaciones respecto de un mismo acontecimiento sino, además, diversas revisiones del mismo hecho por un mismo intérprete; es decir, el intérprete siempre está reinterpretando su posición final.

En otras palabras, si para un mismo intérprete no queda muy claro su posición respecto de un hecho, mucho menos claro va a quedar si sumamos a la interpretación de un hecho a diversos intérpretes que tienen distinta conexión con el hecho, distinto enfoque ideológico y distinta cognoscibilidad con los acontecimientos. Por lo dicho, aparece como oscura la posibilidad de llegar a conocer los hechos, a tal punto de concluir que sólo conocemos lo que queremos saber y cómo lo queremos saber. Y si sólo conocemos lo que queremos y cómo lo queremos, entonces volvemos a la expresión “no hay hechos, sólo interpretaciones”

Pero, ¿cuál es el trabajo del intérprete? El intérprete se acerca a los acontecimientos con la premisa fundamental de ser imparcial a la hora de evaluar cómo sucedieron las cosas, apuesta a cierta neutralidad que supone como propia, existente en sí y por lo tanto, capaz de conocer tal cual fueron las cosas. El quiere saber todo, no se conforma con datos aislados o con testigos desinformados, busca ir a la raíz del problema. Bueno, el criterio de imparcialidad se ha de esperar en todo intérprete honesto, pero sabemos muy bien que muchos intérpretes tienen preconceptos y muchos otros son básicamente deshonestos, persiguen intereses inescrupulosos y de ninguna manera les interesa llegar a la verdad, si es que hay alguna verdad a la que se deba llegar.

Respecto del intérprete honesto que presupone su neutralidad en el tratamiento de los hechos, hay que decir que su pretendida neutralidad no es más que una presunción idealista, puesto que en la práctica su propia actividad interpretativa lo lleva por senderos que albergan más de una conclusión creada por la lógica argumentativa y que no está respaldada por ninguna evidencia probatoria que se apoye en los hechos. Es que los hechos sólo son hechos para un intérprete y sólo de la manera que el intérprete los quiera ver, no tienen vida independiente, extrasubjetiva.

De manera que la neutralidad en el acto interpretativo es una concepción idílica que sirve como motora para llegar a conocer cómo han sido los hechos. Lo que sucede en el proceso de investigación es algo muy distinto. El intérprete tiene en su contra que no puede ser imparcial consigo mismo, aunque desee serlo. Siempre va a dictaminar a su favor, con lo cual es muy difícil que pueda ser imparcial con las demás cosas, con las personas y con su propio trabajo.

Además, en la observación de los datos existe inevitablemente un observar desde algún lugar, con alguna suposición. No existe la mirada del observador que pueda inhibir sus características personales y mirar desde fuera de la naturaleza humana. Algunos intérpretes miran desde sus propias concepciones ideológicas y elaboran teorías sin siquiera investigar en el lugar de los hechos cómo se han sucedido. Por lo tanto, llegan a conclusiones que ya estaban contenidas en sus propias hipótesis investigativas. Claro, estos son los malos intérpretes, ¿y qué de aquellos que suponemos buenos? ¿Acaso pueden evadir la tentación de elaborar hipótesis que intenten explicar el curso de los hechos?, ¿acaso pueden mirar saltando su propia naturaleza humana finita, idílicamente imparcial? Pareciera que no. Quizás, la diferencia entre un investigador bueno y uno malo resida en que el bueno al menos intenta acercarse al lugar del hecho en busca de capturar la mayor evidencia posible.

Sin embargo, es imposible que el buen intérprete pueda abstenerse de involucrarse ideológicamente en los hechos que describe. De hecho, toda interpretación de los hechos no sólo presupone la totalidad de la persona humana, con sus ideas y pasiones, sino también presupone la realización de una lectura de los hechos que luego de ser investigados, son relatados en base a una selección y edición interpretativa de los mismos que es ineludible. Todo intérprete observa, selecciona, edita y presenta sus conclusiones buscando impactar y creyendo que ha descubierto la verdad, que su lectura es la que se acerca a los hechos. Sin embargo, su lectura de los hechos sólo se acerca a su lectura de los hechos, es decir, no es más que las lógicas conclusiones contenidas en sus hipótesis y dadas por sus subjetivos recortes. En tal sentido, es posible reafirmar que si “no hay hechos, sólo interpretaciones” porque todo ente es ente interpretado, entonces “no hay una verdad, hay diversas verdades” o lo que es lo mismo, la verdad es relativa a cada intérprete y los hechos no son más que una creación subjetiva del investigador. Claudio G. Barone

miércoles, 13 de enero de 2010

La postmodernidad y su influencia en la Iglesia Cristiana


Cada época histórica ha estado dominada por cierto espíritu filosófico, por cierta forma de entender la realidad, las diversas formas de asociación humana, sus comportamientos éticos y valores culturales. Dicho espíritu se va insertando gradualmente en cada cultura hasta absorber por completo lo que tiene de propio, y así logra naturalizar una manera de ser y de vivir que tiene rasgos hegemónicos y únicos. Esto no quiere decir que las distintas culturas sean semejantes entre sí; lo que quiere decir es que el espíritu de la época mantiene las diferencias pero las trasciende en una comprensión superior de las cosas que las hace semejantes a todas. Todas las culturas se ven dominadas por un espíritu superior que las contiene, las explica y las dirige. Tal espíritu lejos de ser de naturaleza divina, se construye a partir de que ciertas ideas se van imponiendo paulatinamente al resto de los hombres hasta parecerles apropiadas para ser seguidas. Estas ideas se van naturalizando desde las mismas prácticas sociales y sin duda, devienen de experiencia que ha sido sedimentada.


De manera que el espíritu de una época está marcado por la dominación hegemónica de un grupo de ideas sobre otras. Claro que estas ideas muchas veces no tienen poder en base a dar mejores respuestas explicativas de la realidad circundante, sino en base a emerger de un ámbito de poder político, económico y social. Lo que quiero significar es que el espíritu de una época, lo que determina un modo de ser o de pensar está fuertemente marcado por un grupo de personas que ostentan alguna clase de poder, ya sea político, religioso, económico o de otro orden. Las ideas no se imponen por sí mismas, existe un grupo de poder que las impone y lucha para que sean reconocidas.


Una vez impuestas las ideas asistimos a un espíritu que domina toda la esfera del pensamiento humano, atraviesa todas las diferencias culturales y las disuelve virtualmente en un espíritu de alcance superior, a tal punto que se torna natural lo que es sin duda, fruto de la lucha por el reconocimiento y el poder.


Cuando se logra imponer una única cosmovisión interpretativa, entonces estamos ante lo que se ha denominado “paradigma”, que no es otra cosa que un modelo para ver el mundo. Cada época histórica ha estado marcada por un determinado paradigma. Por ejemplo, la concepción en astronomía que dominó gran parte de la Edad Media fue la ptolemaica aristotélica, que sostenía un geocentrismo cerrado. Sin embargo, Galileo cambió el paradigma, la forma de ver el mundo y postuló un heliocentrismo que dio por tierra la concepción tolemaica y siglos de creencia equivocada.


Esto significa que el espíritu de una época, al que hemos denominado paradigma, tiene sus picos, sus recesos y sus retrocesos. Ningún paradigma es permanente, aunque predomine por varios siglos. Otro ejemplo es el poder que la Iglesia Cristiana tuvo a partir del siglo cuarto. Desde que Constantino oficializó el falso casamiento de la Iglesia y el Estado, toda la realidad se interpretaba bajo el prisma del Dios de la Biblia. Desde el siglo cuarto hasta entrado el siglo quince, toda discusión respecto de cómo debía entenderse la realidad giraba en torno de lo que los líderes religiosos entendían e interpretaban de la Biblia. La Biblia era el parámetro en el que se apoyaba el espíritu de esa época que algunos llaman “oscurantismo medieval”.


El espíritu de una época debe imponer su hegemonía permanentemente, puesto que siempre hay focos de resistencia que se niegan a ser arrastrados o absorbidos en un espíritu impersonal y trascendente. Siempre existen movimientos antagónicos que luchan por mantener sus singularidades, sus peculiaridades más asombrosas.


Lo que se sedimenta y luego se naturaliza y masifica tiene el poder de lo legal y verdadero, aunque esto pueda ser puesto en duda por muchas razones. Una vez que el espíritu se logra imponer, es muy difícil deslegitimar todo lo que su presencia transmite como verdadero, pues la mayoría de las personas transitan bajo su cobertura como si sus valores y formas de interpretar la realidad hubiesen estado siempre o lo que es peor, como si fuesen puestos por el mismo Dios, como si fueran eternos e inmutables.


Sin embargo, lejos de ser eternos los valores que el espíritu impone, tienen fecha de vencimiento, aunque pasen muchos siglos para su derrumbe o bien para su reacomodamiento en un espíritu de otra índole con aspecto de superior.


De manera que el espíritu de una época se hace sentir y arrastra con su fluir a la totalidad de los vivientes, aunque haya siempre focos de resistencia. Puesto que el modo de ser y de actuar corresponde a cada época, ninguna persona que se resista ha de hacerlo desde otro lugar que no sea el espíritu de su época actual; es decir, aunque se pronuncien resistencias frente al espíritu de una época, esas resistencias han de presentarse con las formas vigentes que representan los valores del espíritu al que se opone. Esto es lo que hace más difícil el derrumbe de un paradigma, esto es, aceptar sus reglas de juego para poder modificarlo.

En la actualidad, asistimos a un paradigma que tiene más de un siglo de dominio, si es que es posible precisarlo cronológicamente. El mover del espíritu es muy difícil de caratular, de cronometrar. Sin embargo, se puede conocer en base a los diferentes cambios que va teniendo una sociedad en cuanto a lo económico, lo político, lo religioso y lo social. El paradigma vigente se ha dado en llamar postmodernidad y esto tiene múltiples aristas para ser evaluadas.


La postmodernidad o el espíritu postmoderno surgen del debilitamiento y del fracaso del ideal moderno. El espíritu de la modernidad tenía como objetivos principales liberar al hombre de la tutela religiosa, emanciparlo de lo divino y poner a la Razón como único archegós interpretativo de toda la realidad. Su propósito era racionalizar el mundo, matematizar la Naturaleza, develar los misterios de la Naturaleza y terminar con la injusticia social y la pobreza.


El hombre moderno tenía esperanza en un cambio social permanente y definitivo. Era un idealista que soñaba con cambiar al mundo. Sentía que las ataduras religiosas una vez liberadas lo llevaban al éxito irremediablemente. Sólo necesitaba hipostasiar a la Razón, ponerla en lugar de Dios y construir un mundo más digno de ser vivido. Este espíritu racionalista se insertó en muchas iglesias cristianas e hizo estragos. Muchos hombres de Dios comenzaron a racionalizar las enseñanzas bíblicas y todo lo que no se ajustaba a la diosa Razón fue descartado y descreído. De hecho, los milagros, las sanidades, e incluso la resurrección fue negado. Surgieron los cuestionamientos a la Biblia y algunos llegaron a negar su autoridad y a descreer en su inerrancia. Lo nuevos métodos descubiertos fueron aplicados para probar la verdad de sus enseñanzas. Muchos dejaron de creer definitivamente; otros, creyeron lo que se ajustaba a la Razón. El espíritu moderno en lugar de traer liberación y armonía social, trajo descontento, división y fue verdaderamente un fracaso.

Frente al fracaso del espíritu moderno, la postmodernidad tiene una impronta menos prometedora y más realista, aunque también más desalentadora. Con la postmodernidad se han acabado los grandes relatos que intentaban comprender la realidad en forma totalizadora. Ya no se busca conocer la totalidad de las cosas, sino aquellas que sean útiles para la vida cotidiana. Las preguntas metafísicas por excelencia, tales como quién soy, de dónde vengo o a dónde voy ya no tienen el interés de los filósofos postmodernos y son radicalmente rechazadas. Del mismo modo toda pretensión religiosa de interpretar la realidad es vista como anacrónica.


El espíritu postmoderno no cree en el futuro, puesto que vive en un inmenso presente. Su lema es: “Disfruta el hoy, no importa el mañana” Y para disfrutar el hoy es necesario vivir a full cada día como si fuera el último, ocuparse de sí mismo sin mirar hacia los costados. Esta es una nota clave del espíritu posmoderno: el fuerte individualismo, el atomismo en materia ética o lo que es lo mismo: la indiferencia ética. Dado que sólo existe un presente ancho y el futuro se escapa, no existe, no debe ser esperado, entonces no hay tiempo para ocuparse de los demás. Por otra parte, tampoco existe ningún cielo para ser ganado a través de las buenas acciones ni un infierno para ser temido.


El hombre postmoderno debe hacerse cargo de sí mismo, sin esperar nada del futuro ni de ninguna verdad humana ni divina definitiva e inmutable, puesto que no hay una única verdad, sino múltiples perspectivas de la realidad que luchan por imponer sus razones y ganar terreno en el ámbito interpretativo. De manera que al fuerte individualismo reinante, el hombre postmoderno debe enfrentarse con una nueva realidad: el perspectivismo en materia gnoseológica. Esto es, existen tantas lecturas de la realidad que resulta muy difícil llegar al conocimiento de todas y poder descifrar cuáles son los argumentos de cada una de estas lecturas que buscan la hegemonía. Esta dificultad para conocer todas las propuestas trae aparejada otro tipo de dificultad mayor, a saber: cómo saber qué camino seguir, cuál es el mejor atajo para tomar. Hay tantas respuestas, tantas explicaciones que la idea de verdad única se diluye en un montón de respuestas que parecen tener el mismo sostén argumentativo, es decir, cada respuesta se apoya en argumentos muy sólidos y es muy difícil contrarrestarlos.


De manera que la postmodernidad sostiene bloques interpretativos muy diferentes entre sí, pero con la misma fuerza argumental, lo que genera una nueva forma de entender la verdad, es decir, la verdad ahora va a ser verdad dentro de un bloque interpretativo, dentro de un sistema de ideas y no fuera del mismo. Así, la verdad es sistemática y entonces van a ver tantas verdades como sistemas filosóficos que intenten describir la realidad existan. Esto es inevitable. Con lo cual, ahora tenemos otra característica importante de la postmodernidad: la sistematicidad de la verdad.


Ahora bien, si la verdad es sistemática, entonces también es relativa al sistema que la pronuncia, es decir, la verdad va a ser la verdad absoluta de un sistema interpretativo y, por ende, relativa para los demás sistemas. Con lo cual, la idea de una verdad que sea válida universalmente ya carece de sentido considerar, puesto que no existe. Ahora, toda verdad va a ser relativa a un sistema interpretativo, va a ser inmanente a dicho sistema y, de ninguna manera, trascendente.
El fuerte perspectivismo al que el espíritu posmoderno nos sumerge tuvo y tiene fuertes incidencias en el ámbito cristiano. Pues si no hay una única verdad, sino diversas respuestas interpretativas, entonces no existe una única forma de interpretar la Biblia ni una única denominación cristiana que pueda decir, sin soberbia, que tiene el monopolio de la interpretación bíblica auténtica. Además, distintas facciones religiosas intracristianas y también extracristianas tienen el mismo derecho de proclamar que sus horizontes interpretativos son los más adecuados, responden genuinamente al misterio del Cosmos.


Los cristianos sabemos muy bien cuáles son los costos del espíritu postmoderno, puesto que permanentemente se deslegitima la autoridad bíblica y no sólo desde fuera del cristianismo, sino también por aquéllos que dicen ser cristianos y cuestionan sin piedad la Palabra de Dios. De modo que la lucha es doble: por un lado, el fuerte relativismo gnoseológico nos impone la responsabilidad de prepararnos más, de conocer las distintos horizontes conceptuales para poder desarmarlos desde la Palabra de Dios; por el otro, contrarrestar las falsas doctrinas que yacen en el interior del cristianismo, las huecas enseñanzas y los líderes falsos que azotan a la cristiandad.
La postmodernidad desafía a la Iglesia a prepararse más, a conocer a sus enemigos conceptuales para darle batalla. No sirve la cómoda respuesta cristiana que busca condenar a todos aquellos que piensan de otra manera, puesto que Jesús nunca lo hizo. Es necesario desarticular las ideas desde las ideas y no con la conformidad que reporta abrir un juicio condenatorio a todos aquellos que no piensan de la misma manera.


Al mismo tiempo que el espíritu postmoderno encierra un fuerte perspectivismo en materia gnoseológica que desemboca en el relativismo, también el espíritu postmoderno abraza un relativismo en materia axiológica, es decir, no existen valores de alcance universal, que sean válidos para todas las personas, esto es, que sean impersonales y trascendentes. Los valores son personales e inmanentes. Esto quiere decir que cada persona elige cómo quiere vivir, cuál es la normativa ética que quiere para su vida, teniendo como única restricción lo que dicte su conciencia. Además, los valores lejos de pertenecer a una dimensión sobrenatural, es decir, lejos de ser los mandados por Dios, son los mandados por cada cultura y reapropiados o reinterpretados por cada individuo conforme a sus intereses éticos que no siempre cuadran con los intereses éticos sociales.


De modo que los valores se desacralizan y se ajustan a cada cultura. Así, no existen valores que estén por encima de los valores culturales propios, esto es, transvalores que sean válidos para todos los seres humanos. La dimensión axiológica divina es rechazada de plano porque es rechazada toda explicación divina de la realidad. El Dios que mantenía la hegemonía interpretativa en la Edad Media ha sido enterrado en el holocausto de los recuerdos, tanto para Nietzsche como para otros tantos filósofos.


La libertad de hacer lo que se quiere se impone en la postmodernidad sin ningún tipo de trabas, más allá de las que dicta cada conciencia. Los valores son subjetivos y existe un rechazo hacia todo tipo de objetividad en materia de valores. Esto genera una traba importante a la hora de predicar el evangelio, puesto que no sólo debemos luchar contra distintos horizontes conceptuales, sino también contra distintos horizontes éticos. Y estos distintos horizontes éticos existen también hacia el interior de nuestras iglesias que tienen divergentes lecturas respecto de cómo se debe vivir como cristianos. De igual modo, nuestra lucha siempre es contra los que no son cristianos y contra los que dicen ser cristianos y viven de otro modo.


Lo más notable es que muchos de los cristianos que aceptan valores trascendentes, se comportan adoptando valores culturales que están muy lejos de ser mandados por Dios. Algunos cristianos aceptan más sus pautas culturales de vida, que aquellas dadas por Dios en su Palabra, es decir, aceptan teóricamente lo trascendente pero en la práctica cotidiana se comprometen con valores inmanentes y relativos a cada cultura. La diferencia radical entre los valores mandados por Dios y los valores culturales se deja ver porque unos son objetivos, universales y verdaderos y los otros son subjetivos, epocales y relativos. Los cristianos debemos combatir contra estos valores relativos, pero si nosotros los adoptamos las cosas se complican bastante.


El espíritu postmoderno al desacralizar la realidad, al perspectivizar el conocimiento, al relativizar la verdad, propone otra forma de vida que se apodera fuertemente del sentido de la realidad. Frente a la sacralidad de la vida, la mundanalidad; frente a un conocimiento que pueda ser válido universalmente, la perspectiva; frente a una verdad única revelada, muchas verdades inmanentes.


La posmodernidad al rechazar toda metafísica filosófica y religiosa se vuelve radicalmente positivista. El positivismo científico es el mejor aliado del espíritu postmoderno. La ciencia y sus descubrimientos van a ser abrazadas como una vaca sagrada. Todo lo que pueda ser probado por la ciencia va a tener validez de carácter universal y todo aquello que no pase su rígido examen va a ser tildado de acientífico. La nueva forma de entender la realidad va a estar dada por el cientificismo. Por eso podemos escuchar expresiones tales como. "La ciencia ha probado o demostrado” o bien “si la ciencia lo dice…”


La legitimidad que tiene la ciencia está fuera de discusión. La mayoría de las personas creen que la ciencia es la superación de los antiguos mitos religiosos y que lo que ella no ha podido demostrar todavía, lo hará en el futuro. Desde ya, la ciencia compite con la religión por la legitimidad de sus enunciados. Sin embargo, la postmodernidad se distingue por la hegemonía de la ciencia respecto de cualquier forma religiosa interpretativa de la realidad. La diferencia sustancial entre la ciencia y la religión radica en que la ciencia puede probar sus enunciados y la religión propone que los aceptemos sin ofrecer ninguna prueba.


La ciencia se nutre de una concepción filosófica de la vida pragmatista. Para dicha concepción, lo único que reviste el carácter de verdadero es aquello que proporciona resultados comprobables, aquello que no produce resultados es falso. Y como las verdades de fe no pueden ser comprobadas, entonces resultan falsas o al menos innecesarias. El pragmatismo filosófico junto con una ética utilitarista que sostiene que lo verdadero es aquello que sea útil, son los dos brazos de la ciencia.


De manera que lo que se puede comprobar científicamente, lo que produce resultados y lo que es de utilidad son los elementos indiscutibles del nuevo paradigma cientificista y postmoderno.
No obstante lo dicho, es cierto también que cuando hablamos de “La ciencia” lo hacemos en términos de unicidad, es decir, creemos que hay una sola ciencia. Sin embargo, existen distintas concepciones epistemológicas que mantienes posturas irreconciliables entre sí. No es lo mismo el inductivismo que sostiene que es posible confirmar o rechazar una teoría en base al dato empírico, que el convencionalismo de Lakatos que afirma que a la verdad de una teoría se llega por convención entre los científicos y no por prueba empírica. En el primer caso la prueba está dada por la evidencia objetiva; en el segundo, por la aprobación subjetiva entre los científicos. Otras alternativas son el falsacionismo popperiano y los paradigmas de Khun.


Entonces, las consecuencias del espíritu posmoderno alcanzan, como no podía ser de otra manera, a la misma ciencia con su pretendida hegemonía en materia interpretativa. Lo que sucede es que la postmodernidad relativiza toda forma de conocimiento y no ofrece ninguna esperanza en cuanto a verdades últimas y definitivas. Aún las verdades de la ciencia adquieren un carácter probabilístico y pueden ser abandonadas en cualquier momento.


Frente a este marco de cosas, el hombre postmoderno se encuentra en total desesperanza y no tiene mejor opción que vivir intensamente cada día, pues nadie le promete nada o lo que es lo mismo, existen tantas propuestas que cualquiera pareciera ser la correcta. Así, todo aquello que tenga relación con su carnalidad y fomente el vicio va a ser visto como bueno, como liberador. De hecho, los excesos vienen a llenar un vacío espiritual que los sumerge en la desesperación cuando no en la droga y la lujuria.


Todas estas cosas que genera el espíritu postmoderno influyen en nuestras Iglesias decididamente, aunque algunos miren hacia otro lado. Es que no se puede vivir fuera del mundo ni es aconsejable hacerlo. Jesús dijo: “Padre, no te pido que los apartes del mundo, sino del mal” Los monasterios no son para los cristianos; las calles de nuestras ciudades nos esperan para contrarrestar el engaño de este sistema de cosas. El espíritu postmoderno es tan fuerte como lo han sido los diversos paradigmas conceptuales que han asolado este mundo. Sin embargo, siguiendo con firmeza los valores de la Palabra de Dios, tomando toda la armadura de fe, tenemos las herramientas necesarias para vencer y para que otros lleguen al conocimiento de Cristo: Claudio G. Barone